Empecemos por reconocer que la advenidera nacionalización de los hidrocarburos en Bolivia es un hecho precipitado por las injusticias históricas de la política ineficaz de muchos años y la concecuente desilusión popular. 

Se pudo infundir a la industria petrolífera de una dirección benéfica a los intereses de la nación, pero se desperdició la oportunidad y el proceso consolidó el imperio de una nueva oligarquía ajena a las consideraciones sociales. Esta fue la misión fracasada de los partidos tradicionales en imitación a otros fracasos globales como el de la Venezuela de Carlos Andrés Pérez.

No obstante, el efectivo control nacional de los recursos energéticos bajo dominio estatal tendrá  resultados que nos afectarán política, económica y socialmente por un período extenso. Después de cualquier nacionalización, ya no se puede pensar en los hidrocarburos como mercancía, sino como parte de la política económica del gobierno. Es precisamente este control estatal el que puede dar peores dolores de cabeza a la economía nacional que el mercado, o, con mucha capacidad profesional, con transparencia y con cooperación internacional proseguir con firmeza hacia la integración industrial controlada. De todos modos, se debe proceder con el mínimo de pérdidas y costos para evitar la inutilización de la capacidad productiva, así como el deterioro de la infraestructura existente. Sea provechosa o no, la nacionalización de los recursos energéticos en Bolivia es una realidad impuesta por dictamen histórico, como lo fue en la Venezuela de Rafael Caldera o en la Argelia de Houari Boumedienne. La diferencia es que estamos 35 años atrasados, lo que nos permite el consuelo de lecciones aprendidas en numerosos intentos pasados. Recordemos que la mayoría de las nacionalizaciones fracasaron por la pretensión de buscar remuneración social inmediata, por pura  incapacidad e ineficiencia, y por creer que los gobiernos son incorruptibles dada su tendencia política. Este es un proyecto a largo plazo que requiere de mucha capacidad y transparencia, además de la habilidad de diversificar los ingresos al erario nacional. Dos excelentes ejemplos promotores de ahorro interno son la industria turística- acoplada a la preservación de los recursos naturales, y la agrícola, impulsada al consumo nacional y a la exportación.

En cuanto al proceso del nacionalismo en Bolivia, debemos considerar cuatro puntos: 1º  La posesión estatal no se traduce automáticamente en beneficio social, como sucedió años atrás con YPFB y COMIBOL. El resguardo de los intereses del pueblo boliviano no derivará de la nacionalización, sino de las garantías legales claramente establecidas y ejecutadas, dentro de un marco balanceado de poder estatal compartido. 2º El solidificar la relación entre producción y beneficio significa impulsar metodologías administrativas y tecnológicas eficientes, en cuanto a la planificación estatal se refiere. Obviamente, la burocracia se tornará henchida conforme a las necesidades de los proyectos energéticos se refiere. En vez de la competencia tendremos que valernos de la capacidad realizadora del aparato estatal, y de la habilidad de controlar la corrupción. Por esto es indispensable disponer de los mejores talentos administrativos y tecnológicos, y no de los políticos.  Es decir, crear una estructura efectiva para la producción, venta y ventaja de la explotación y mercadeo de los energéticos nacionales a mediano y largo plazo. 3º Las compañías petroleras no están interesadas en la posesión de los hidrocarburos, pero en el producto en sí y su venta. En la historia se han evidenciado ejemplos sorpresivos de acomodo y cooperación corporativa ante la neutralización de su influencia. 4º El proceso de indemnización debe estar ligado a la depredación del entorno y las manipulaciones contables perpetradas por las empresas petroleras durante los años de contrato y operación en Bolivia.  

A partir de los años 50 del pasado siglo, los países árabes emprendieron una ola de  nacionalismo que nos ilustra el contexto internacional de la industria petrolera. En momentos en que la lucha por el oro negro era entre los EEUU e Inglaterra, ambos orquestaron colapsos de naciones y gobiernos, juntos o por separado. Cuando los árabes aprendieron a usar la ‘carta soviética’ vieron acercamiento partidario de las compañías petroleras que en algunos casos se convirtieron en socios acérrimos del nacionalismo. Nos queda confiar, en Bolivia, en la capacidad estatal, negociadora y diplomática para conseguir  ventajas económicas. La consolidación de los mercados sudamericanos es área de la que no debemos ser extraños. En forma similar, el juego de balance entre los EEUU y la Unión Europea nos dará campo a mejores acuerdos y resoluciones con los actores económicos de esta nueva variante de la política boliviana. Irónicamente, el nacionalismo requiere de mayor destrezaen los asuntos internacionales para evitar la asfixia económica y política de la nación.

Jaime Otero-Zuazo

http://bolivia.indymedia.org/qu/2005/06/19628.shtml

http://bolivia.indymedia.org/es/2005/06/19406.shtml

http://www.masbolivia.org/articulos/facor.htm