El proceso de reforma política y la “reconfiguración” institucional en Bolivia se trazan contundentes por gravedad histórica, impregnando el alma (o psiquis) del pueblo milenario, y explosionando en un extraordinario y eficiente movimiento social.


El largo e intenso sufrimiento humano bajo el yugo opresor de un institucionalismo estatal exclusivista y “anticonflictivista”, es el incentivo lógico de este movimiento de liberación epopéyico. Este es un pueblo con capacidad de llevar a cabo los megaproyectos del desarrollo humano y nacional. Este es el advenimiento del nuevo hombre que rebasa los doctrinarismos y se manifiesta noble dueño de su futuro.  Es el hombre fuerte que vence obstáculos y nunca desfallece; y es la mujer que mantiene el balance de lo posible y perdurable.

La soberanía del país y su existencia nacional dependen de la resolución del dilema del poder político en Bolivia. La implementación de una reforma política de carácter nacional, y la deslegitimación y desplome del poder institucional en tres semanas y sin armas al hombro, es demasiada fantasía en la mente de los teóricos de la insurgencia e incluso de los prácticos. Hoy, los intelectuales corren a sus manuales doctrinarios para explicarse porqué fallaron los modelos científicos contemporáneos: aquellos que predicen la incapacidad de las masas de “pensar” las estrategias, y menos de arrebatar resolutamente la capacidad de decisión y promulgación de políticas nacionales de las fauces de un estado injusto. Las insurrecciones civiles, de acuerdo a los textos, están supuestas a erupcionar solo como condiciones materiales a ser prontamente dominadas por teóricos doctrinarios, pero no a formular la estrategia e implementar los preceptos de un triunfo revolucionario. La ejemplar realización de tan increíble faena es magnífica evidencia de la solidez de carácter de los netos revolucionarios, sin necesitar la prescrita transformación de la personalidad al servicio del partido. El modelo leninista dicta la eliminación de la vanguardia llamada “oportunista” y el “practicismo reformista” para sojuzgar el curso de cualquier movimiento revolucionario, y reemplazarlo luego con la ortodoxia marxista. El cheguevarismo es más magnánimo, por lo menos temporalmente, al instruir un período de transición de antojo material antes de eliminar el elemento social antirrevolucionario: como por ejemplo el campesinado. Stalin no tuvo tanta paciencia.

El análisis marxista, sin embargo, acierta en predecir que los meses subsiguientes a una insurrección producen las divisiones que destruyen el poder del pueblo “idealista”, y abren paso a los políticos científicos que toman en sus manos el resto de la historia del pueblo, indicándole el mejor camino a su propio destino y conveniencia. Los llamados “opios” de la familia y la religión pasan a ser eliminados junto a la libertad del individuo. La libertad efímera del pueblo, al igual que él mismo, quedan destruidos en los anales de la historia. En el caso de la Bolivia actual, el riesgo es aún mayor, no por la ausencia de capacidad consensual revolucionaria (el sufrimiento humano es el aglutinante mas fuerte de la revolución), sino por la manifestación de dos obstáculos políticos circunstanciales: los límites al aguante físico-humano y falta de medios materiales para conformar una plataforma política que reúna las esperanzas de las mayorías nacionales, culminando en la legitimación electoral. Y, segundo, la vigilia militar que tiende a cometer errores políticos trágicos. Ante este dúo de obstáculos, el pueblo tiene dos armas: la activación y el acometimiento de la población dormida, sobretodo de los intelectuales honestos, hoy “desadocrinados” por el impacto de la revolución del pueblo. Secundariamente, la aclaración normativa institucionalizada de que el ejército armado vele fundamentalmente por las libertades mayoritarias, y no tan solo por la legitimidad de una constitucionalidad prerrevolucionaria, históricamente irrelevante. Acompañando a estos dos designios y prerrogativas impuestos por la revolución, se encuentra el salvoconducto necesario para la continua existencia y soberanía del movimiento revolucionario y de la patria misma: el impulso resuelto a instaurar la Asamblea Nacional que de a luz la hija predilecta del pueblo: una Constituyente que encarne absoluta e infaliblemente las aspiraciones del pueblo mayoritario, y que vele equitativamente por sobre los derechos de todos los bolivianos.

Analizando el movimiento social reformista de 2005 en Bolivia- en términos teóricos marxistas o humanistas: se demuestra altiva la intrínseca figura del Nuevo Hombre Boliviano cuya personalidad desploma y anticipa los impulsos revolucionarios de un pueblo magistral. No se ha dado, en la historia de las insurrecciones sociales, tan firme, monumental y sencilla muestra de capacidad logística y estratégica. La energía, la brillantez, y la determinación del pueblo boliviano, palidecen la timidez o cobardía política de los hombres inadaptados de la nación, que se esfuman como el humo de una pesadilla kafkaiana. La anarquía y la locura no fueron los condimentos que fermentaron uno de los más triunfantes levantamientos populares de la historia de las naciones.  

Jaime Otero-Zuazo

http://bolivia.indymedia.org/es/2005/06/19845.shtml

http://nuevademocracia.blogspot.com/2005_06_01_nuevademocracia_archive.html