El miedo o repudio al indigenismo proviene de la falta de entendimiento de su conformación histórica como componente fundamental de la nación.

El masivo movimiento social de 2005 en Bolivia constituye un evento trascendental en la historia de este atormentado país andino. Su importancia histórica crecerá aun más ante su legitimación política en las próximas elecciones generales. Ya se consolidó la vigencia de la agenda del pueblo mayoritario, cuya palabra y deseo se convierte ahora en política procuratum del estado boliviano. El presidente, o procurador general de los intereses mayoritarios ahora instituidos, tiene la imposición histórica de velar por la integridad de esta fuerza social y sus intereses. La reestructuración, reforma y re-configuración de la política nacional tienen el sello de protesta no-violenta de la dinámica nacional mayoritaria. Tal tipo de movimientos han sido los más triunfales en los pasados 100 años, como es el caso de la India anticolonial y la liberación del bloque soviético en Europa Oriental.

El respaldo indígena al triunfo social de 2005 ha sido por demás documentada. Su participación ha sido el motor y la fuerza moral y práctica detrás de este movimiento social. Pero su esencia como factor en el escenario nacional es aún mal interpretada. El miedo al llamado “arcaísmo” prueba la ignorancia de las minorías dominantes de esta nación en proceso de construcción: donde aún no se ha completado el 80% del proyecto nacional. Muchos expresan la idea cabal de que el status quo ha caducado, y es necesario un paradigma alterno para llegar al futuro. Unos auspician los modelos modernos tecnológico-industriales; otros promueven la rigidez de estado. Justamente, ambas alternativas dejan mucho que desear por su estancamiento y doctrinarismo individuales que se convierten en obstáculos al desarrollo nacional y humano. El mundo clama alternativas posmodernistas que no solo se expresen en tinta y papel, sino que reflejen las vivencias reales de los pueblos.

El admirable movimiento de reforma social y política en Bolivia, es un movimiento impulsor y pragmático, y no seguidor. No es de derecha o izquierda sino de frente, por que se alimenta y sostiene de la mayoría indígena, que empieza su marcha segura hacia el futuro. De ignorarse esta circunstancia se arriesga destruir el único camino alterno y aglutinante que construya una sociedad renovada y desarrollada, y resguarde la soberanía y libertades patrias.

Desde la incursión europea en América, los escritores han creado una ilusión alrededor del indigenismo. Principalmente han querido clasificar el “problema indígena” como singularmente cultural, político, económico, místico, etc.: pero rara vez se menciona el factor netamente humano. Las llamadas “ficciones del indigenismo” que advierte el escritor peruano Mario Vargas Llosa se hicieron realidad, a pesar suyo, bajo el soplo de vida del movimiento social boliviano, en genuino y real advenimiento del poder político, legal y social del indigenismo como concepto humano de plasmación socio-política y de exigencia para la subsistencia nacional. La primera república boliviana ha sido una decepción precisamente por no reflejar el indigenismo; y su refundación se convierte en una necesidad primordial de la nación. Nos encontramos ante una confluencia de situaciones que hacen del indígena- y más aún el indigenismo- el eslabón perdido en la lucha por la existencia y el futuro nacional.

La proposición de que el indigenismo es una “utopía andina” que pretende volver a lo arcaico y estancarse allí es una falacia de composición histórica y social. El indigenismo no solo existió en la dimensión milenaria anterior, pero perdurará en los milenios subsiguientes. El indigenismo nunca estuvo ausente de la nación boliviana. Antes subyugado, desde ahora se convierte en la nación boliviana misma por derecho natural. El indigenismo como factor dominante de la nueva nación provee la oportunidad que pocos países tienen: el poder definir y conformar una nación con identidad propia, sistema propio, pueblo propio, y resguardo de recursos naturales propios. Pocas naciones pueden darse el lujo de escoger un salto “quantum” hacia una nueva dimensión paradigmática de este tipo. Esta proposición será, por supuesto, muy difícil de tragar para aquellos que no pueden separar los conceptos de indigenismo de los de raza; pero ellos ya se va esfumando de la historia como triste y efímera neblina.

El miedo o repudio al indigenismo proviene de la falta de entendimiento de su conformación histórica como componente fundamental de la nación. Por fin, su influencia decisiva en la conducción y representación de los asuntos de estado a nivel nacional e internacional desmentirá la imagen intelectualizada y sentimentalista de la política doctrinaria.

El indigenismo, en su manifestación reformista, “desligitimadora” y “reinstitucionalista” del poder político nacional, es la médula del proyecto de refundación y renacimiento republicanos en Bolivia. Esta manifestación indigenista es representativa de todo el pueblo oprimido y va más allá de los reclamos sociales: aunque los promueve, incluye, absorbe y posee. Esta formidable realización indígena culminará en la conducción de la política nacional bajo un modelo que refleje y armonice a Bolivia con el indigenismo como su máxima expresión nacional.

El indigenismo así constituido como base nacional de desarrollo, no teme al modernismo y más bien lo rebasa adelantando con sí a la sociedad del futuro, que muchas naciones imitaran algún día. El indigenismo es más que un mito: es la existencia y renacimiento de toda una nación. Toma la representatividad de los milenios y lo impulsan a un futuro amplio de oportunidades creativas y científicas. El “originarismo” no es la raíz ahondada en tierra por siempre, sino el crecimiento de un paradigma futuro de impulsos creativos y geniales. Esto se evidenciará en las artes, en las ciencias, en la composición social, y en el desenvolvimiento de las materias sociales sin frenos políticos.

El indigenismo, entonces, deja de ser literatura y se convierte en acción nacional concreta. Es el cambio hacia el futuro que nos salva de la asfixia política de modelos decadentes y doctrinarios. La visión del indigenismo ya no es estática: porque no surge de las cenizas sino del fuego y del agua. Vence la maldad innata del hombre para subyugarla a la mejor expresión del futuro.

En la ecuación del progreso nacional, el indigenismo absorbe todos los avances válidos y genuinos y los fortifica con rumbos de bien común dentro de una sociedad próspera y pacífica, induciendo un resurgimiento socio-cultural más amplio para culminar la incompleta e inmadura nación boliviana.

La relatividad y la restricción de lo universal en las culturas importadas, incluyendo las europeas, nos abren los ojos hacia nuestras propias posibilidades, destruyendo las limitaciones que nos impusimos a nosotros mismos en 1825. Para sobrellevar este peso atávico, debemos desprendernos de inválidas imposiciones y vestir el poncho de gloria: que absorba bajo su manto todo lo que de bueno tenga el mundo, y a su vez nos entregue la llave de un futuro justo, amplio y creativo.

Para llegar a la comunión nacional multiétnica y pluricultural, tenemos que completar primero el paso a la nacionalidad basada no en irrealidades fuera de contexto existencial, sino en realidades cotidianas claramente establecidas. Bajo nuestra propia nacionalidad, atraigamos todo lo bueno y creativo de este mundo, para luego renacer en una síntesis de progreso humano

 

Jaime Otero-Zuazo

http://bolivia.indymedia.org/es/2005/06/19999.shtml

http://www.quechuanetwork.org/news_template.cfm?lang=e&news_id=2911

http://www.aymara.org/index.php?subaction=showfull&id=1119266242&archive=1121375295&start_from=&ucat=7&modo=archivo

http://www.bolpress.com/opinion.php?Cod=2005002349