Entendamos que tras el levantamiento social de 2003 no se formuló una plataforma de acción política coherente. Esto resultó de la ausencia de líneas ideológicas y pragmáticas en común, al igual que el vacío existente de liderazgo político a un nivel nacional. Tampoco se logró encapsular la imagen de un partido o un líder como sucedió en 1952. Una vez más, se comprueba que la política en Bolivia se encuentra rezagada con relación al pueblo.

  Presionado por la sombra de la irrelevancia, el gobierno anterior optó por la quimera del "independismo", para luego girar como trompo de izquierda a derecha en vertiginoso y desastroso desenlace. Sin haberse permitido nunca la consolidación de la democracia participativa en Bolivia, que eleva a la mayoría nacional al mando de los destinos patrios, se experimentó con una tragicomedia “continuista” que fue vigorosamente invalidada por el pueblo. Para los que se preocupan por la imagen de Bolivia en el exterior: el espectáculo de ineficiencia, ilegitimidad, provincialismo, y desentono político con la realidad propia es la mayor causa de frustración e incredulidad acerca de Bolivia. Por otra parte la original magnificencia cultural del perseverante y heroico pueblo boliviano es lo más atractivo y respetado.

  Después del alzamiento popular de mayo y junio de 2005, las elecciones generales adelantadas se perfilan como la única solución que permite dos importantes iniciativas políticas. Primero, el consolidar una plataforma y agenda afines a las exigencias de la mayoría nacional en una Bolivia post-exclusivista. Segundo, permitir la estabilidad del próximo gobierno que tendrá como principal labor la refundación de la república al servicio de un concepto mayoritario incluyente.

  La democracia y la libertad son lo mejor de la vida política de un pueblo. Pero implican un proceso frágil que requiere enorme valentía, esfuerzo y sacrificio. No es juego de niños o de personas sin temple. Es un proceso carnívoro al extremo, con desmembramiento de las figuras políticas y la desnudez de sus personalidades. Un proceso electoral sin “demonios” sólo se puede encontrar en dictaduras o plutocracias donde el pueblo es sumiso a la figurar del candidato exclusivo. No obstante, el resultado del proceso democrático supera toda deficiencia, siendo como la tranquila calma tras la feroz tormenta. La democracia otorga el premio de la libertad solo a los pueblos perseverantes y nobles.

 Las elecciones presidenciales ponen al descubierto no sólo demonios, sino el infierno entero. Pero también es refrescante y por demás democrático cuestionar a todos los candidatos y exponerlos al microscopio y pantalla del pueblo: como en Francia, Alemania, Inglaterra, Estados Unidos, Japón, etc. Una vez anunciado el proceso electoral, no hay marcha atrás. Empieza el esencial circo mediático, con todos los payasos, magos y leones en sus puestos respectivos, entregándose diariamente  a opinar sobre todo tipo de impurezas: chismes, escándalos y metidas de pata. Por un lado se comentará con irresponsabilidad y sin fundamento. Por el otro, y rara vez, se opinará con magnífica probidad. De todos modos, las desligadas voces del pueblo no llegarán a la prensa, y serán reprimidas en la tradicional neblina de silencio sutil en la que muchos optan por envolverse cómodamente. Aquí emerge la pregunta más importante: ¿por qué y quién quisiéramos votar?

  Votemos por el que exprese fervorosamente, en sus discursos y entrevistas, la desdicha de los nuestros y de nuestra realidad; por el que sienta la pasión por la justicia y exprese claros principios morales; por el que se demuestre capaz de resolver los problemas sociales y económicos con flexibilidad objetiva, repudiando el doctrinarismo político, prefiriendo en vez la sonrisa de un niño sano y educado. Votemos por el que sienta genuina compasión por el marginado e incomprendido hermano nuestro, y que eleve una voz de protesta a favor de los que más la necesitan. Votemos por el que posea la autoridad y fortaleza que emanan de la disciplina y el orden personal adquiridos en el núcleo familiar, la iglesia y la escuela. Por el que entienda el respeto que se debe a los que defienden la democracia y la patria. Votemos por el que vele por nosotros con magnanimidad y una profunda seguridad de mando, pensando en el bien de todos por sobre sus propios intereses políticos y personales. Votemos por la persona más representativa con todos los atributos culturales correspondientes. Por la persona que es amiga leal y  entrañable del pueblo con el que pueda compartir la historia de los próximos cinco años. Demos nuestro voto al correcto y trabajador que ha logrado ubicarse por sus propios esfuerzos en una posición que le destaca y nos enorgullece. En última instancia, el anhelado candidato será el que fusione las diferencias sociales con claro y contundente liderazgo y criterio humano.

  Pero hay más: lo que se plantea ante nosotros es una enorme responsabilidad que requiere más recursos que los que un ideal representante máximo nos pueda dar. El reto se perfila claro: el resolver el gran dilema del desconcierto social de nuestra patria. Este conflicto requiere del concurso de un equipo de mujeres y hombres capaces, sólidos, honestos, humildes, y dispuestos a sacrificarse totalmente en aras del servicio público. Estos líderes deberán motivar en los ciudadanos los mejores sentimientos de esperanza y fe en un destino común. Deberán entender las necesidades competitivas del desarrollo económico y del comercio externo. Además, tendrán que conducir la política hacia un ajuste social equitativo que nos asegure un futuro económico desligado de obstáculos y fricciones de orden burocrático. Deberán asegurarnos el dominio de la libertad y la vigencia de todos los salvoconductos sociales que hagan de nuestra tierra un país digno y justo.

  La educación y la salud deberán ser parte esencial del programa estatal, al igual que el manejo transparente de los fondos de gobierno, bajo severas penalidades. La estrategia internacional de paz, armonía, y beneficio comercial deberá ser practicada en términos reales y patrióticos, y no tan sólo simbólicos y sectoriales. La manutención del sagrado suelo y sus atributos turísticos y agropecuarios inagotables deberá ser la principal y más sólida fuente de ingreso nacional, mientras se resuelve el dilema de la industrialización de los recursos naturales agotables. Un equipo de mujeres y hombres hábiles, justos y profesionales, del sector técnico-científico-industrial-financiero, deberá ser el paladín del impulso industrial y comercial de la nación renovada. En este contexto, se preparará a las mujeres y hombres del futuro: una generación dinámica de ingenio y creatividad. No hay mejor escuela de temple político y gerencial que la que nos forja de abajo y nos impulsa adelante, contra todo obstáculo, enseñándonos a resolver los problemas más grandes con sustantivos y sólidos resultados– y no tan solo con el mandato político que es fácil de abusar y que termina promoviendo a los caracteres débiles y corruptibles de nuestra sociedad.

  Si votamos por un liderato de este tipo la voz que se desprende de la silenciosa mayoría se oirá por fin: la voz de las víctimas de centenarios crímenes sociales, de los marginados de la educación y la nutrición, de los perjudicados por los impuestos y el desempleo arbitrarios, de aquellos que día a día se baten con los crudos dilemas reales de la vida, el sustento familiar y las aspiraciones a mejor vida en un país al que todos aspiramos a mirar con incondicional respeto, orgullo y amor.  

Jaime Otero-Zuazo

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