El proceso de transferencia del poder estatal boliviano, en este revolucionario período de la historia, pretende transformar una democracia exclusivista en una incipiente democracia de participación mayoritaria, además de traspasar el dominio económico a favor del estado. El caso de Sudáfrica, el más rico país del continente negro por sus riquezas naturales y su ubicación geográfica, nos ilustra los problemas de la transición a una nueva sociedad.

  Tras el referéndum de 1992, acerca de las reformas en esa sociedad, y las elecciones multirraciales de 1994, Nelson Mandela y su partido el Congreso Nacional Africano (ANC en inglés) asumieron el poder político del país. Bajo el sistema de Apartheid, los negros fueron completamente excluidos como componente fundamental de la nación: un mito blanco de supremacía racial primero, y luego una política de estado que proclamaba la hegemonía y el control sobre la economía, los territorios y la gente misma. En el campo económico, el Apartheid significaba el uso, principalmente en las minas, de mano de obra barata de los negros oprimidos para subvencionar el costo alto de la producción. El aislamiento social y la falta de oportunidades económicas  produjeron el crecimiento de “townships” o ciudadelas separadas de ciudades principales. Soweto, una ciudadela aledaña a la ciudad de Johanesburg, se convirtió en nido de radicalismo y protestas contra el gobierno. Después de la represión brutal por el gobierno a las manifestaciones no-violentas, se inició la lucha armada, presidida principalmente por los jóvenes de Soweto. La revuelta constante en Soweto, junto a la presión internacional que para ese entonces era casi total, venció sobre el Apartheid y trajo el poder negro a Sudáfrica.

  Un análisis de los 11 años subsiguientes a la elección de Mandela, bajo el poder de la mayoría negra, nos demuestra que, a pesar del sacrificio del pueblo, los caminos políticos no son tan fáciles de recorrer. Todas las esperanzas fuero depositadas en Mandela y el ANC. Pero la Sudáfrica de Mandela sucumbió a las presiones del desarrollo acelerado y los mercados internacionales. Se optó por desarrollar de afuera hacia adentro para capturar créditos internacionales, trascendiendo en lal negligencia de los problemas sociales. Las privatizaciones masivas, y la precipitada reducción del sector público trajeron con sí el aumento en el desempleo. Las prescripciones del desarrollo deseado no pudieron llevarse a cabo: las reformas estructurales, y la liberalización del capital para la inversión social. La ausencia de cambios en el estándar de vida de la mayoría de la población causó un deterioró social semejante al del Apartheid, que en vez de ser eminentemente racista se convirtió en un permanente castigo económico. Los únicos beneficiados fueron la oligarquía tradicional que sigue impávida y los ‘neooligarcas’ negros que son acusados de abandonar la lucha y los intereses de la mayoría nacional. Uno de los obstáculos que no pudo vencerse y que trajo el estancamiento de las reformas sociales fue la concentración de la riqueza nacional en  menos del 10% de la población que incluyen a los nuevos oligarcas. Más del 60% de los sudafricanos viven bajo el nivel de pobreza. La desigualdad social, la violencia, la crisis del sistema sanitario con el Sida, la tuberculosis y el cólera, además de otros males sociales van en incremento, sin esperanza de cambio.   

Jaime Otero-Zuazo

http://www.opinion.com.bo/PortalNota.html?CodNot=101072&CodSec=22

http://www.bolpress.com/opinion.php?Cod=2005001661

http://www.bolpress.com/opinion.php?Cod=2006011201

http://bolivia.indymedia.org/es/2005/07/20540.shtml