Las elecciones de diciembre de 2005 en Bolivia se perfilan como el momento de definición política más importante de su historia. Estará en juego no sólo el gobierno, pero también la nación entera. Urge la estabilidad e integridad nacional para evitar la detonación del caos político y social que terminará por dividir al país, asegurarándose la intervención extranjera que ya se encuentra lista y a la espera. Se terminaría por cambiar una nación libre e independiente por un tribalismo dependiente y neocolonial. ¿Cuál es la causa de esta crisis, y cómo se la puede enfrentar?

  La respuesta es clara: la movilización social de 2005 es un clamor nacional que pide la reforma institucional y el cambio de las estructuras políticas, económicas y sociales del presente bajo el mando de un poder mayoritario incluyente. El pueblo mayúsculo, históricamente excluido desde la fundación de la república, deberá transformarse es componente vital, funcional y ejecutor de los destinos patrios a partir de las elecciones, sin comisionistas políticos de por medio. Ignorar esta realidad nos traerá como consecuencia el riesgo de la zozobra e implosión nacional, así como la lucha fratricida entre hermanos: el casus belli entre oriente y occidente, y derecha e izquierda, que podría dividir incluso al ejército.

  Entre 1989 y 1991, la Unión Soviética, el simbólico Muro de Berlín y el Pacto de Varsovia sufrieron un colapso total como causa del estancamiento económico del aparato productivo estatal soviético: resultado directo de la Guerra Fría y su desvinculación económica internacional. El presidente Gorbachev trató de utilizar la perestroika como arma política y económica de sobre vivencia, al igual que la glasnost como elemento de transición y cambio, pero ambas medidas apologéticas solo lograron precipitar la caída del viejo estalinismo. A partir de entonces Rusia vivió una historia de transición truncada y frustrada, revestida de una lucha entre el poder económico y el político. Antes de proseguir, recordemos dos importantes aspectos: primero, el sistema político-burocrático, estrechamente coligado al aparato de gobierno, no fue desmantelado y perduró en el período post-soviético; y, segundo, la infraestructura industrial tenía plena capacidad de producción y exportación de los recursos naturales, sobretodo el petróleo y las armas.

  El simún histórico que significó la heroica subida al poder de Yeltsin trajo con si la necesidad de una transferencia del poder en Rusia. Los primeros obstáculos eran: encontrar una salida a la crisis económica, y afianzar el nuevo gobierno ante los residuos del estado comunista. Ambas labores se tornaron muy difíciles como veremos. Se procedió incontinentemente a seguir al pie de la letra las recetas del FMI y del Banco Mundial, además de los consejos de Jeffrey Sachs, conocido en Bolivia como el artífice de la “terapia económica del shock”. Los resultados en Rusia, después de implementar las ideas del consejero de Sánchez de Lozada y de los organismos internacionales, fueron la hiperinflación, el colapso de la producción, la fuga masiva de capital y un gran incremento en la pobreza. Otra idea: el esquema de privatización, terminó en la creación de una nueva clase oligárca, llamada por el Financial Times de Londres como la clase de “barones ladrones”, que se enriqueció a costa de la propiedad pública, mientras el pueblo ruso se debatía entre la pobreza y la miseria. El intento de reforma en Rusia fracasó, como lo expresó en 1994 Robert Dole, senador republicano de los EEUU: "Hemos presionado bastante a través del Banco Mundial y el FMI a Rusia para que fuera inmediatamente hacia una economía de mercado. Y por supuesto, el resultado ha sido el caos y una alta inflación". Los siguientes años del gobierno de Yeltsin confirmaron lo que el primer ministro Viktor Chernomyrdin definió como el  fin del "romanticismo de mercado". La cesación de pagos por Rusia en 1998 dio fin al proceso reformista, no sin antes enriquecer de sobremanera a la oligarquía reinante. Los oligarcas, socios de las empresas estatales, no reinvirtieron en la producción sino que saquearon el patrimonio público, amasando enormes fortunas depositadas en el exterior. Tomemos como ejemplo los precios de transferencia: de acuerdo a Foreign Affairs, los nuevos ricos compelen a las compañías petroleras de producción a vender su producción por debajo de los precios de mercado a compañías intermediarias que ellos poseen, seguidamente se vende el producto a mercados internacionales a gran ganancia. Se calcula que los “barones ladrones” de Rusia saquearon 400 mil millones de dólares hasta el momento, una cifra por demás impresionante. La deuda externa de Rusia alcanza a la mitad de ese monto, habiéndose robado, entonces, el futuro de esa nación, sin ninguna compensación al pueblo ruso. La fuga de ese capital hace que se beneficie a otras sociedades y no a la rusa.

  Hoy en día no se ha resuelto el tema oligárquico a pesar de que Putin pretende llevar a la patria rusa de vuelta al estalinismo bajo la consigna "¡Za Rodinou! ¡Za Stalinou!", "¡Por la madre patria, por Stalin!". De todas formas, el pueblo ruso sufre un invierno perenne.  

Jaime Otero-Zuazo

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