En el proceso electoral los estrategas políticos fraguan tácticas comunicativas que engorden el caldo a sus candidatos. Por ejemplo, el candidato del ADN, un partido casi inexistente de acuerdo a los resultados de las últimas elecciones, no sacaría provecho en atacar a otro partícipe mínimo, porque así ambos se perderían en lo infinitesimal de las noticias. Más bien, fiel a la doctrina publicitaria, el ADN lanza su candidatura atacando al postulante más fuerte, atrayendo de esta manera un poco de notoriedad a su existencia política.

  La intensificación de los ataques hacia un candidato en particular evidencia quién es la figura favorita a ganar las elecciones y a quien se le debe temer en la contienda- sobretodo cuando sólo quedan cuatro meses para las elecciones. En el proceso, las campañas políticas investigan todo tipo de dato, atañendo y situando los hechos que más convengan a sus candidatos. Los peritos saben como influenciar cambios que se reflejen en las encuestas, en vez de seguir fielmente sus pronósticos: los cuales, es verdad, pueden terminar convirtiéndose en un juego de azar.  Los grupos políticos con mejores recursos, sobretodo humanos, añaden puntos a su arsenal de ataque erosivo contra los demás candidatos- sobre todo el favorito. La mentalidad es la de no interesarse en mostrar los puntos positivos de la propia candidatura, cuando se puede atraer la atención a cualquier error del contrincante, por pequeño que éste sea. Para mayor eficacia, los ataques tienen que ser directos y acertados, y no aleccionadores o moralistas porque se pierde el efecto político-mediático, y se actúa a sabiendas o de forma paternalista, lo que no pasa desapercibido y ofende a la inteligencia de los votantes.

  Cuando un órgano de la prensa nacional, a más de los comentaristas, no refleja la realidad de lo que acontece en el escenario político, y le da, por ejemplo,  mayor cobertura a un candidato cuyo partido apenas pudo acumular votos mínimos en el último sufragio, y además desprecia a otro candidato de probada fuerza política, entonces se evidencia un caso claro de prejuicio y desinformación que, en el caso de Bolivia, es precisamente una de las razones que nos transportó a estas elecciones precoces. Esta flagrante violación de la ética periodística no hace más que atraer votos a favor del candidato mal tratado, porque el público personaliza la injusticia que se comete y se vuelca contra el candidato excesivamente preponderado, quitándole más votos aún. Los intelectuales partidarios incrustados en los medios de prensa, al igual que los históricamente ciegos, son incapaces de captar la realidad con objetividad porque sus lentes políticos están preacondicionados a ver lo que se quiere ver y no lo que es en realidad.  Existen, sin embargo, elementos de la prensa nacional iluminados por su objetividad y amplitud que dan a cada una de las figuras políticas un espacio acorde.

  Se ha mencionado que los candidatos se pelean por posicionarse en el centro del especto político para no ser imputados de radicales o peligrosos. Pero no se trata, como en otros sistemas más establecidos, de no asustar a la gente, sino de exteriorizar lo que la mayoría de la gente es y lo que pide. No se trata de derecha, izquierda, o centro políticos, sino de un pensamiento progresista que impulsa hacia adelante, donde se encuentra el pueblo claramente encaminado hacia el futuro. Si de algo pecan los analistas, y los mismos políticos, es de no entender la trascendencia histórica del momento en que vivimos desde que la voz del pueblo se escuchó estrepitosamente en las calles de Bolivia. Los sufragios de diciembre de 2005 no son un proceso normal o anticipado en la vida de la nación boliviana, sino el resultado directo del alzamiento social de 2005, donde los sectores más importantes de influencia política fueron los campesinos y los obreros, y no los políticos. Tanto es así, que el pueblo “desinstitucionalizó” y deslegitimó el aparato de gobierno y medró la voz de la mayoría antes ignorada en escasas tres semanas y sin disparar un tiro.

  Los líderes populares, resultados accidentales de la fuerza impulsiva de un pueblo conciente, deben, a estas alturas, darse cuenta de que no tienen que esperar permiso para conformar una plataforma que reúna a los componentes de la movilización y así formular la agenda del pueblo por la cual se peleen los políticos oportunistas. La conformación de unidades políticas de campesinos, mineros fabriles, desocupados, clase media, maestros y otros deben aglutinarse en un frente común de apoyo al más representativo de los candidatos. De otra manera la inflexibilidad se manifestará simplemente como un posicionamiento personal para conformarse a cualquier gobierno. Esta es una clara falta de dinamismo político que no hace justicia al gran sacrificio de las multitudes indignadas y justicieras. De todos modos quedará clara la voz y la demanda del pueblo en los anales de la historia. Este es el paso primario que relega a los demás eventos políticos de este año a un plano secundario y técnico.  Las elecciones, de ser realmente democráticas, consolidarán y legitimarán el poder ingénito de la mayoría nacional, inicuamente atrasado.

  Tendrán que renacer muchos de los candidatos que francamente están centenariamente caducos y fuera de tono con la Bolivia de hoy, mientras el pueblo mayoritario surca airoso y enérgico hacia un futuro reajustado a sus necesidades y aspiraciones. Los candidatos a medias: aquellos que pretenden pisar dos suelos para engañar momentáneamente al pueblo, corren tras de él sin lograr alcanzarlo, gritando compungidos: ¡estoy con ustedes!,  ¡viva el 80 % de la población! Los partidos políticos que pasaron una y otra vez por los salones de palacio, no tendrán nueva oportunidad para purgar su culpa histórica, que los manchó por siempre. La consigna para ellos es: ¡cambio y fuera! Estos oportunistas son de una misma línea- diametralmente opuesta a la del pueblo- con las  pretensiones de reasumir  el poder embriagante, mientras actúan como comisionistas políticos. En este caso, el pueblo no necesita intermediarios apócrifos.

  En los EEUU no se sorprenden tanto de que el indígena pudo votar antes que el negro- que no es verdad, sino de que Bolivia, con gran mayoría indígena en su población, no tenga aún gobierno indígena. En los discursos político-mediáticos se intenta dividir para conquistar: no es la mayoría nacional de la que se habla, sino de la multiplicidad de la población; no es del núcleo unitario nacional de voto mayoritario del que se habla, sino de crear autonomías indígenas, al igual que nacionales: la desunión es arma crucial del estatus quo imperante.

  Los verdaderos bloqueos que perjudican al país y a los bolivianos son los bloqueos a la educación; los bloqueos al acceso a servicios médicos; bloqueos al crédito; bloqueo al poder político, que perjudica no solo el bien social, pero incluso la competitividad de la nación. El bloqueo a la integración, a la participación, a la oportunidad, y por último al poder político es lo que más agravios trae a la nación. Con las oligarquías corruptas de Bolivia, ni el capitalismo ni el socialismo tienen lugar a triunfo. Tiene que entenderse que la pobreza no es una abstracción, sino el resultado de la falta de salvoconductos sociales que sólo podrá resolverse bajo un sistema creado y conducido por la mayoría nacional, que vele por los intereses patrios, además de los recursos que le pertenecen: y no basarse en minorías de turno que pretenden ser clarividentes intermediarios entre la patria y el pueblo.

  El movimiento social de 2005, no puede ser ignorado como se ignora al 80% de la población desde la fundación de la republica. Las pasiones negativas más recalcitrantes en la historia de Bolivia no son las protestas sociales, pero más bien el racismo, la segregación, los bolivianos golpeados, los ciudadanos sin techo ni comida, los explotados y los marginados. En las últimas elecciones los partidos tradicionalistas estáticos se unieron para aislar a los partidos obreros y campesinos. Probablemente pase lo mismo en esta nueva instancia. La diferencia es que, a menos que se implemente el Apartheid en Bolivia, el pueblo dará su voto mayoritario a los líderes más representativos que faciliten su acceso al poder de acuerdo a una agenda conjunta del pueblo.

  El pueblo no clamó en las calles por mayor participación estatal en la economía, sino por más pueblo en el estado. La planificación económica está rezagada en relación a la iniciativa de los bolivianos. El gobierno debe garantizar los reglamentos comerciales que faciliten el comercio doméstico y exterior, en vez de incrementar la burocracia y los obstáculos. El espejismo del aumento de las exportaciones señalan al incremento de un sector que no benefician sino a pocos, incluyendo la mafia de las economías de la transferencia, que compran el patrimonio a bajo costo para venderlo a grandes cifras en el exterior, sin reinversión nacional, y sacando divisas al exterior para beneficio y deleite de bancos y economías extranjeros.

  En cuanto al nuevo populismo de casi todos los candidatos: no se trata de dar “atención” a las necesidades indígenas, sino que el indígena dirija una sociedad justa que atienda las necesidades de las minorías, garantizando una participación equitativa para todos en la nueva Bolivia que se forja. No es cuestión de dar un “lugar” a la mayoría nacional dentro de esquemas de ingeniería social, sino dejar que la sabiduría del pueblo guíe programas basados en vivencias reales y cotidianas. ¿Quién sabe más de los impuestos que el que los paga y ve la falta de uniformidad y ecuanimidad?  ¿Quién sabe más de pensiones que el que compra amparo a su vejez y no recibe ni lo mínimo en retorno? ¿Quién sabe más de la exportación que el comerciante que a pesar del gobierno y las fronteras logra posicionar sus productos en el extranjero? ¿Quién sabe más del gas que los que nunca se beneficiaron de él y no tienen desesperación por explotarlo? ¿Quién sabe más de la soya que el que la produce? Y, por último: ¿Quién sabe más del país que la mayoría nacional? 

 

Jaime Otero-Zuazo