Tenemos que ser más lúcidos a lo que aspiramos, sin achicarnos frente a nuestro destino.

 

La prensa de ayer, como todos los días,  implora apertura comercial con todos, hasta con la China y Chile, pero no menciona abrir las puertas de palacio para el paso triunfal del pueblo bajo un umbral de esperanza, paz y progreso. Se aspira a tratados de libre comercio, pero no se menciona el trato que se da a la mayoría subyugada y oprimida. Ante el planteamiento de la creación de fuentes de trabajo, el gobierno opta por análisis académico. Si no se entiende el concepto de mayoría en una democracia, entonces se ignora los asuntos mayoritarios, esto, en sociedades democráticas civilizadas significaría un aumento drástico en el desempleo de los políticos.

Los partidos tradicionales pretenden resucitar cambiando “cosméticamente”, pero no saben que el único cambio que les evitará la autodestrucción es apoyar la asunción del pueblo al poder. El ADN se enfrentó al pueblo cochabambino y quedó inmediatamente relegado al museo histórico. El MNR pretende deshacerse del fantasma de Sánchez de Lozada, pero le queda el fantasma mayor: haber profundizado la división del país por ambición y corrupción. El MIR (el partido de los “jóvenes” de la izquierda “Dom Perignon”) muere por idolatría, corrupción y oportunismo.

Los politólogos hablan, con formalidad académica, de “incorporar”  al pueblo en este u otro programa de gobierno futuro. A estas alturas de la transformación social  y política en Bolivia, el pueblo no necesita incorporarse a nada que no sea el poder político y las propias empresas estatales, tomando control efectivo de la conducción del destino de la patria. En cambio, la cuestión más realista, dada la fuerza con la que el pueblo se expresa hoy en día, es que la mayoría nacional una vez vestida de los poderes del estado, sea magnánima y protejan los derechos humanos de las minorías, como éstas nunca lo hicieron.

No es el papel del gobierno el de incluir a nadie, sino a todos, partiendo de la mayoría nacional. En primera instancia, el gobierno existe en función y representación de los intereses del pueblo mayoritario- democráticamente hablando. Luego es el defensor de los derechos de las minorías. En mayo y junio de 2005 el pueblo se expresó ferviente, ahora es el turno de los políticos de despertarse del estupor somnífero que les aqueja por casi dos siglos, y capten la realidad endémica de lo que Bolivia es y puede ser en todo su esplendor: la principal nación indígena del mundo, poniéndole al frente de 300 millones de indígenas: el equivalente a Europa o a los EEUU. ¿Por qué el miedo de asumir ese papel? ¿Porqué nos achicamos a esta responsabilidad que nuestra humanidad nos lo impone?

Mucho de lo que ahora se piensa como extremismo se considerará en la historia como una lucha libertaria de un pueblo oprimido que nunca se rindió, y que persistió en encontrarse con su propio destino. No se trata de una invasión de Marte, pero más bien de una realización y madurez de lo que somos: seres humanos en busca de libertad trascendental. Muchos de los problemas que hoy parecen insolubles y que nos relegan al cuarto mundo al par de las naciones más pobres (convirtiéndonos en socios honorarios del mundo de la miseria), desaparecerán por simple inconsistencia ante una nueva Bolivia progresista: si se cura la enfermedad ya no se necesita remedio.

Después del fracaso al que nos han llevado los gobernantes de la primera república, la simple sabiduría del pueblo se convierte en la justa y práctica alternativa. Las naciones que triunfan son las que confían en su pueblo y en su capacidad de remontarse hacia el futuro, no las que se aferran con paternalismo y egoísmo a modelos, proyectos, ingenierías o experimentos alucinantes. El doctrinarismo desviste la capacidad creativa del individuo y de la sociedad, y la entregan a la sumisión y al olvido. La Unión Soviética pasó 70 años tratando de probar que el estalinismo podía triunfar, resultando en millones de muertes y un pueblo hundido en el abismo sociopolítico, para luego dar vuelta atrás. Hoy en Bolivia tenemos la oportunidad de definir nuestro propio futuro: pocas naciones pueden darse ese lujo. Casi dos millones de bolivianos dispersados por el mundo aplaudirán este acto de civilización, que nos introducirá de la mano y con orgullo al concierto de las naciones, a través de un umbral de esperanza y progreso. Eso es lo que el mundo civilizado espera de nosotros, esa es la mejor imagen que podemos orgullosamente entregar a un mundo civilizado que no espera menos de nosotros. Una vez purificado el país de obstáculos al verdadero progreso nacional, los demás problemas irán cayendo en justa resolución civilizada e integral.

Si fiamos a ladrones e incapaces con nuestros votos: ¿por qué no podría confiarse el destino al pueblo mayoritario en las próximas elecciones? Si regalamos las materias primas a cuentas foráneas, ¿porqué no depositar nuestra fe en los nuestros para explotar los recursos naturales, y realizar las inversiones nacionales tan necesitadas? Si se nos perdona nuestra deuda externa, ¿porqué no subsanar la deuda social incalculable que se ha contraído con el pueblo?

Lo que cunde es el miedo. Miedo a perder el puesto, o el negocio, o la propiedad ilícitamente ganados. Los políticos temen ser desplazados por el pueblo en un santiamén. Sus puestos son, en muchas instancias, invenciones convenientes para acercar el pillo al robo. Esos trabajos deben ser pulverizados por un gran pisotón de reforma administrativa que sistematice la eficiencia y la ventaja económica con la transparencia. El negocio es noble cuando es honesto, sustenta el empleo, ayuda a la familia y a la sociedad. Pero si el negocio se convierte en un parásito económico que no genera más que divisas depositadas en el extranjero, entonces nadie debe apiadarse cuando los interventores toquen el timbre. La propiedad es lo que ganamos con el sudor de la frente, lo que conseguimos con gran esfuerzo y trabajo, ya sea nuestra choza o casa, nuestro auto o bicicleta. Pero si la propiedad es producto de robo a punta de pistola política, no queda más que hacer justicia e incautar los bienes mal habidos sin contemplaciones ni tardanzas. Este es el miedo de la escoria de la sociedad que prefiere ver a un pueblo convertirse en polvo y a un país desaparecer del mapa, antes de que se le esfumen de las manos los privilegios corruptos, parasíticos, y antisociales. La misma suerte correrá la empresa succionadora del patrimonio nacional, que la propiedad acumulada a fuerza de hurtos y abusos. Este miedo egoísta, débil y cobarde ha impregnado el resto de la sociedad complaciente desprovista del concepto de la perversión social e histórica que se comete.

La fragmentación del voto es nociva a los intereses mayoritarios, y sólo se resolverá su fragilidad política cuando se proyecte una plataforma nacional conjunta que emita, por fin, la agenda del pueblo. La asunción al poder es la meta inmediata del pueblo. No debe permitirse que se le divida para conquistarle, más bien deberán unirse todos los  pueblos y todas las fuerzas: de Tarabuco a Villazón, de Huatajata al Chapare, de Copacabana a Chiquitos, de El Alto a San Ignacio, de Riberalta a Tarija.

Para sentar la base de organización y desarrollo integral se necesita transformar el gobierno de una minoría monopolista y excluyente a una mayoría incluyente y unificadora. El pueblo está en la calle sin poder entrar a su propia casa, con el ladrón robando a sus anchas, tomando una y otra cosa a su antojo. La diferencia es que esta vez el pueblo tiene la fuerza moral y física para intervenir, arrestar al pillo y deshacerse de él, y dedicarse a disfrutar de su propiedad, de su familia y de su futuro. La misión futura del gobierno será la de resguardar a Bolivia de otra abominable injusticia social  como la de los pasados 180 años. La protesta del pueblo en la calle, su indignación ante un gobierno apático e ignorante, su desesperación ante el riesgo de su vida y la de los suyos, no es ser asistemático: es ser práctico, justiciero y visionario. Sin visión real de lo que Bolivia es no podrá en efecto mantenerse la nación boliviana. [ ARRIBA ]  

Jaime Otero-Zuazo

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