“No niego los derechos de la democracia; pero no me hago ilusiones respecto al uso que se hará de esos derechos mientras escasee la sabiduría y abunde el orgullo.” Henry F. Amiel.

  Estamos en el punto histórico en el cual las elecciones generales de diciembre próximo en Bolivia

 deberán convertirse en el advenimiento del pueblo mayoritario al poder político de la nación

(si se obedece a la definición  semántica y constitucional de lo que en verdad es la

democracia participativa).

De lo contrario, estamos hablando, en términos virtuales, tan solo de una arquitectura de la democracia boliviana basada en proyectos estrictamente teóricos y técnicos, sin la valorización requerida para hacer de las elecciones un paso orgánico, ético y relevante a la vida de los ciudadanos en general. Más aún, la práctica de la democracia debe presentarse desglosada del estatismo normativo e institucional vigente que está pervertido por la corrupción y el exclusivismo. Para alcanzar un nivel democrático, la fase electoral debe emprender un vuelo de vida que le convierta en herramienta del pueblo mayoritario, infiriéndole un contundente poder de legitimación política del aparato estatal, sin la necesidad futura de iniciar movimientos insurreccionales.

  No podrá haber democracia en Bolivia mientras los legalistas partidócratas se aferren al poder político sin otro compromiso somático que la prolongación del orden económico corrupto y burocrático, convertido en un carnaval político y un pasanaku económico sempiternos. El por hoy exiguo impulso a la democratización en Bolivia, debe arrancar marcha firme y expedita para garantizar no sólo la participación de la mayoría nacional, sino también la continuidad de una Bolivia íntegra, libre y soberana.

  El modelo y cultura de gobierno rígido que se impone hasta hoy, convierte a las instituciones nacionales en monolitos exclusivos de satisfacción minoritaria. El ejército, por ejemplo,  anunció la primicia del ingreso a COLMIL de 20 estudiantes indígenas. Esto no puede ser parte de un proceso democrático de ninguna forma, sino un parche humillante para tapar la irresponsabilidad social del gobierno en clara violación constitucional. La plana oficial del ejército debería ser mayoritariamente indígena hace muchos años, pero los días están contados para esta mentalidad paternalista y arrogante en Bolivia.

  Para liberarnos de la indolencia estatal hacia el pueblo y darle vida democrática al proceso electoral, se necesita efectuar una cirugía práctica que extirpe los impedimentos al poder mayoritario. Como corolario, se debe profundizar una verdadera división de poderes donde reine el balance genuino y no la imposición del ejecutivo por sobre las demás ramas del gobierno. La autonomía más importante en una nación es la que incumbe a los poderes del estado. El parlamento deberá promover agresivamente, sin esperar iniciativas del ejecutivo, medidas que correspondan a la agenda del pueblo. Queda claro que esta realización tendrá que esperar a la Constituyente.

  Como en la ciencia, lo que importa en la democracia es el proceso. Para permitir al pueblo elegir sus más genuinos representantes, la campaña electoral debe ser ecuánime e incluyente, sobretodo en la expresión de la prensa que debe ejercer el balance objetivo en el reportaje. No debería tener que recurrirse a la prensa alterna para entender las verdaderas dimensiones políticas en las noticias. La democracia es una sola: la que escucha la voz del pueblo; la que se identifica con él en pleno; la que parte de él y la que siempre se queda con él dándole poder y  fuerza de transformación, cada vez que sea necesario.

  Una vez culminado el proceso participativo mayoritario en Bolivia, su papel estatal principal será el de limpiar la basura acumulada por los gobiernos anteriores, más que nada la corrupción e ineficiencia que perjudica a la economía nacional. No sólo se debe esterilizar al ejecutivo, pero más aun al legislativo y a las cortes. La mano de la justicia entonces podrá imponer la transparencia en los sindicatos, partidos, y empresas. Sin un gobierno limpio, no se puede empezar a predicar aseo en otros círculos de la sociedad.

  La partidocracia, en sus últimos pataleos, se ha convertido en el gran teatro cómico de la nación. Aún verdugos de las libertades y oportunidades de la mayoría, se convierten, por su torpeza y falta de visión real, en el hazmerreír del pueblo, con manifestaciones como las del MNR que quiere lanzarse a las elecciones con un candidato que no refleje lo que es su partido. O el MIR, que pretende “ubicarse” a como de lugar en el árbol del poder, como es su especialidad, tratando de evitar que se le vea o se le sienta. A eso, el MIR proclama que serán presidentes de las autonomías, presidente de la Cámara Baja, presidente de cualquier cosa mientras el pueblo no lo note. EL NFR, teniendo todas las de ganar, se convirtió erradamente, en su hora histórica, en discípulo del oportunista MIR gracias a una crisis de liderazgo que nunca pudo sobrellevar, y que le resta desde entonces determinación y consecuencia. La UN podrá ser la vanguardia del éxito corporativo sólo si se incorpora al pueblo en fiel respuesta a sus necesidades, delegando la ganancia empresarial a segundo plano tras el dividendo social, y separándose de la apuesta política y el estrecho enfoque de coalición. Los líderes débiles se autoexcluyen del diálogo nacional y se concentran en la minucia del momento, hundiéndose en el barro político sin diferenciarse de sus contrincantes históricos. El aire fresco en la política boliviana viene de Potosí y del Frente Amplio Nacional y Patriótico que, vislumbrando la ausencia de configuración electoral de la izquierda, se lanzan a mediar proponiendo la aglutinación de la dirigencia obrera con la clase media urbana. Finalmente, el MAS, que carece de proyección y mensaje nacional, tiene todavía la oportunidad de federar las diferentes ideologías de izquierda, tan entretejidas y entrelazadas, en función de ser el lógico epicentro político de acción opositora. Su ambivalencia en cuanto a la necesidad de reestructuración institucional y reformista en Bolivia, y la arenga extrovertida de su política exterior, no tocan el timbre nacionalista que siente el pueblo en estos tiempos de refundación republicana. El nacionalismo no murió y será necesario en el proceso de unificación. El MAS no logrará la coalición que le conducirá al poder sin el voto-protesta del lazo edil-urbano que se expresa a través de la agrupaciones sociales. Pero, principalmente fallará sin el registro y voto del gran número de campesinos del movimiento indígena. Por último, es vital la realización de un oriente desligado de regionalismo, pero con derecho autónomo, a ser componente cardinal del plan de desarrollo nacional.

  La verdadera fuerza social en Bolivia no es de izquierda ni derecha: es la fuerza de la reivindicación indígena. Quien o quienes sepan plasmar una expresión política que anteponga los intereses mayoritarios sobre cualquier otro proyecto de gobierno, trazarán el trecho más corto, representativo y estabilizador en el camino a la presidencia de la república. Las iniciativas políticas sólo podrán alcanzar a las aspiraciones del gran pueblo boliviano (que les va dejando cada vez más atrás) si se desligan del nefasto ciclo oportunista, excluyente y corrupto de la política vigente. Hasta que se entienda el concepto de mayoría nacional en la democracia participativa, el divisionismo del pueblo no conducirá sino a la permanencia del paternalismo y la arrogancia. Dividir para conquistar ha sido la estrategia del poder excluyente ante el pueblo mayoritario desde la fundación de la primera república.

  Hasta ahora, las elecciones generales de diciembre se muestran faltas de imaginación y creatividad política comparadas a las elecciones ediles del año pasado, donde se evidenció el primer paso a la democratización de la democracia en 327 circunscripciones del país. Por ahora, el proceso electoral sigue su paso rígido e inflexible, usando la maquinaria política sectorial, desarrollada en décadas de falsa democracia. Será difícil vencer las barreras estáticas y exclusivistas del estado boliviano, y tal vez se postergue la reivindicación del pueblo y su asunción final al poder, a menos que se electrifique al pueblo mayoritario con un mensaje significativo y amplio que le convenza y convenga. Hasta ahora, la situación es de tres campos: la candidatura de Jorge Quiroga que parece favorecida en las encuestas, pero la cual tendrá que responder muchas preguntas relacionadas a su alianza a las viejas corrientes políticas, y las medidas de su efímero gobierno en cuanto a la transferencia de la industria petrolífera lejos de las manos nacionales. Los otros candidatos que quedan pueden en forma mas transparente, por lo menos en lo referente a su carrera política, definir sus candidaturas para atraer el voto mayoritario y terminar con los minifundios electorales.

La democracia no es un absoluto sin vida ni sentimientos. La democracia de papel es estática, rígida y legal: lista para el debate teórico. Se puede teorizar sobre su uso en la polis o la metrópolis: en la ciudad o en el campo. Pero sólo cuando se despierta y se aplica a la realidad de una sociedad en forma orgánica se hace conocer por lo que vale y representa para el mayor grupo humano. No se trata de que la democracia se expanda a “aquellos a los que no ha llegado”: lo que hay que entender es que si la democracia no llega a todos, no debería llegar a nadie, y que no existe la democracia de un grupo social sobre otro. La expresión “democracia participativa” es incluso semánticamente innecesaria, puesto que la democracia no puede dejar de incluir a nadie: ni al más pobre, ni al más necesitado de.los ciudadanos. [ARRIBA]  

Jaime Otero-Zuazo

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