Pareciera ser que el marco de referencia de la mediocre sociedad actual está anquilosado por una percepción estrecha, que emula un occidente inexistente, y que consagra una historia contemporánea que se puede denominar como “la telenovela boliviana”.

Los medios de comunicación bolivianos transmiten la supuesta realidad de esta nación mágica de los Andes. Técnicamente las noticias son cabales e informativas. Pero existe el sentimiento de que no se capta la esencia de las cosas. Como si la miopía se produjera por leer de muy cerca. Con perspicacia, sin embargo, se puede leer entre líneas el sentimiento de lo inevitable y lo realmente sucedido en los últimos tiempos. Las letras y los números creados digitalmente pasan por la pantalla como aves sin reposo, sin lograr brindar, como los rayos del adorado astro, la iluminación de nuestro entendimiento. En estos términos es poquísima la información que aclara lo fundamental de la historia contemporánea de la exuberante tierra del cóndor. Tal vez un verso de Tamayo o un capítulo de Diez de Medina estén más actualizados.

Confiando en el instinto humano transmitido de generación en generación, se puede apreciar un contexto inerte e inmutable que prosigue aparte de lo que se trata de mostrar como realidad. Tiene mucho que ver con el llamado sentido común, aunque otros le llamarían racionalismo, pero es más bien una perspectiva socio-científica. Veamos: el tema que salta a la vista como principal- expuesto por cientos de neoturistas en notas, fotos y videos transmitidos por Internet- es el de la auténtica expresión del pueblo boliviano y su exuberante naturaleza. Los suecos, alemanes, americanos, suizos y demás, captan la misma Bolivia que ven los ojos orientales y los sólidos semblantes de los aymaras, quechuas, guaraníes, además de toda persona verdaderamente culta. La percepción es casi la misma: la importancia de la naturaleza, del ser humano y las necesidades básicas de la mayoría nacional. El camino a seguirse se perfila obvio: la liberación del hombre andino moderno. El diluvio de noticias en la prensa nacional se presenta con poca visión periférica. Y esto no es pecado tan solo de la prensa, sino de una sociedad imperante aun aislada en un mundo medieval, que hasta los europeos que lo implantaron lo desconocen y lo relacionan con la barbarie, la falta de modernismo y la incapacidad de la ignorancia.

La purificación del alma, el espíritu y la mente humana deberían ser requisitos para poder expresar la realidad de este pueblo fabuloso, increíblemente indomable frente a una historia de opresión y dominio. Es como que el pensamiento ordinario e inculto de la neocolonia temiera que se libere el espíritu de los Andes. Como si se anticipara que la enorme diferencia telúrica de ambas culturas- la amplitud del originario renacido en contraposición al chiquero medieval europeo- podría irrumpir en una cultura nueva que desbarate la comodidad sofocante del urbanismo occidental y resuelva el dilema social y ambiental de esta republica bolivariana. Como si la mágica música de los vientos y los ecos andinos amenazaran con deshacer el euro-centrismo individualista, terco y estancado. Es más, si se diera rienda suelta a la libertad creativa del verdadero espíritu andino, se podría evidenciar lo que en Europa y EEUU se sabe de sobra: que la cultura autóctona boliviana, desligada de complejos medievales, reflejando su propia identidad y rejuvenecida con la instrucción y el conocimiento universales, se asemeja mucho y se relaciona más a la ética existente en la médula social del mundo moderno.

Una de las taras socio-intelectuales que aíslan a Bolivia en la maraña de la ineptitud como nación, es la evolución de un sistema político basado en el antagonismo, la envidia, la corrupción y la autodestrucción: por cuanto una nación sin identidad propia y dividida en dos es débil y propensa al subdesarrollo endémico. Las grandes oportunidades de riqueza proveniente de los recursos naturales han sido históricamente aprovechadas por pocos. Pero considerando que la tierra continúa brindando fuentes de riqueza nacional, se presenta la oportunidad de mejorar el estándar de vida de mayor número de bolivianos que antes. Para conseguir esta transición ecuánime, los obstáculos deben ser desprendidos de gajo, extirpados y arrasados, para dar paso al hombre nuevo. La ética andina de intolerancia hacia el crimen social y la corrupción es el arma que deberá resguardar la nueva cultura nacional. [ARRIBA] 

 

Jaime Otero-Zuazo

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