Queda clara la opción que más conviene a una nación en vías de transformación fundamental de los medios económicos y transición legitimadora del aparato estatal, y es la de escoger el modelo económico menos doctrinario y más práctico que responda a la realidad social y a la adaptabilidad material histórica de su pueblo: llámesele capitalismo moderno o capitalismo andino.

Algunos renombrados analistas políticos justifican su ineptitud conceptual histórica al explicar lo que es el “capitalismo” (creado teóricamente en Escocia en 1776). La alusión al capitalismo como base de sustento de la explotación del hombre por el hombre es simplista y estacionada en el marxismo del siglo X!X, que muchos ideólogos aun arguyen como muestra de lealtad al doctrinarismo político del marxismo–leninismo del siglo XX.

La verdad es que hace 20 años, tras el colapso del estalinismo soviético, se ha dictaminando que en verdad se trata de más de un capitalismo: uno, el socialmente mal adaptado que promueve al individuo y a la empresa por encima del bien común – últimamente denominado “neoliberalismo” en su reencarnación presente. Segundo, el “capitalismo social”, o aquel que toma la representación de los demás, es decir de todos. Bajo esta segunda versión se prosigue a justificar la intervención del estado y su burocracia en casi todos los aspectos de la vida cotidiana de los ciudadanos de un “país sofisticado de capitalismo social”- como se le glorifica en algunos países europeos. Asumiendo que el gobierno existe para proveer al pueblo de seguridad económica, se designa la lógica de que cualquier gasto público es justificado en aras de las necesidades del pueblo, lo cual no es más que reconocer y aceptar la redistribución del ingreso y el vuelco del poder económico hacia el sector público.

Esta segunda explicación del capitalismo es una justificación seudosocialista y neoproteccionista que no hace más que empañar la visión de lo que en verdad es el tercer tipo de capitalismo: el “capitalismo moderno”. Antiburocrático y antiprotector, además de justiciero de los intereses de la mayoría, el capitalismo moderno es confundido por muchos con la “democracia política”. La diferencia de este tercer capitalismo con los anteriores es la vigilancia judicial de las actividades empresariales al par de los crímenes individuales. El enfrentamiento del capitalismo moderno con la corrupción es directo y perentorio, puesto que adjudica al progreso económico de una nación la transparencia de las empresas privadas así como las públicas. En este y otros asuntos socio-culturales, el capitalismo moderno se adapta a la realidad nacional de desarrollo- por muy básica que sea su manifestación-, al igual que a la intervención de las empresas nacionales en los mercados internacionales, donde exige libertad de participación equitativa (muchas veces confundida con el libre comercio). El más resaltante de los aspectos del capitalismo moderno es la activa participación del estado en asegurar la participación libre y ventajosa de las empresas nacionales en los mercados internos y externos. La importancia de participar activamente y efectivamente en todos los foros y organizaciones mundiales de comercio se hace indispensable herramienta del desarrollo nacional. Por estos aspectos citados, y otros, el capitalismo moderno se convierte en un modelo práctico de países como Bolivia.

Debe aclararse que en aspectos prácticos, el capitalismo per se no se manifiesta en una forma pura y singular, sino que en efecto conviven los tres capitalismos, dependiendo del pueblo y el estado elegir el predominio del más aceptable modelo o proyecto. Acordémonos que en países más desarrollados, como ser los EEUU, se puede evidenciar no sólo una variedad de capitalismos conviviendo con más de un sistema político, que se evidencian de acuerdo a la proximidad social de sus consecuencias. La política del welfare creada por el presidente Franklin D. Roosevelt en los años de 1930, por ejemplo, se impulsó como medida de beneficio y protección social. De esta política, los EEUU han heredado una maraña de elementos estatales entrometidos en la vida de los norteamericanos y las empresas privadas. Este paternalismo de gobierno ha tomado casi 30 años en ser desmantelado y refinado para crear una convivencia eficiente entre el estado y la iniciativa privada, lo cual aún no se ha logrado. No obstante, se ha podido ver, con más claridad, que la democracia política se beneficia cuando el individuo tiene la capacidad de decidir su futuro económico sin excesivos obstáculos burocráticos. El individuo, bien adiestrado, puede trasladarse donde sea, empezar cualquier tipo de empresa, vender cualquier tipo de producto o servicio, y emplearse y ganar un sueldo adecuado. Esta calibración práctica de lo económico con lo político contribuye a fomentar una sociedad de alto empleo, alta productividad, renovación tecnológica constante y estabilidad financiera, monetaria y fiscal. Los muchos problemas sociales existentes se resuelven bajo el proceso de la democracia política participativa que trata de no mortificar las libertades del mercado y más bien las promueve y garantiza. La lucha política no es para que todos sean ricos, sino para que no haya pobres. El acceder a la demanda de seguridad económica para la población mayoritaria del país, al fomento de las empresas menores, y a la intervención legal sobre las empresas promueve el proceso de adaptación de una nación a los mercados nacionales y mundiales. Los doctrinarismos políticos de izquierda o derecha tienen la consecuencia económica de estancar el progreso material de un pueblo, que precisamente anula la capacidad futura de beneficios sociales y económicos. Cuando un movimiento político o social gira en su eje doctrinario para asimilarse al terreno práctico en la cuestión económica no desvirtúa el compromiso de políticas de apoyo social a los más necesitados al igual que a la satisfacción de las necesidades económicas de la clase media. Adicionalmente, solo bajo la base del dominio tecnológico, derivada del impulso educativo, se puede satisfacer la creciente y variada demanda de productos y servicios de una nación. En el comercio externo, las empresas pueden lograr masivas ganancias sobre el capital invertido si se sabe reconoce el factor económico internacional de la especialización. De lo contrario, el fracaso es inminente y rotundo para las empresas no competitivas. Ante este reto, el gobierno tiene la función de proveer con los elementos y recursos educativos, técnicos, estadísticos e informáticos para apoyar a las empresas nacionales capacitadas de lanzarse al comercio externo.

Queda clara la opción que más conviene a una nación en vías de transformación fundamental de los medios económicos y transición legitimadora del aparato estatal, y es la de escoger el modelo económico menos doctrinario y más práctico que responda a la realidad social y a la adaptabilidad material histórica de su pueblo: llámesele capitalismo moderno o capitalismo andino. [ARRIBA]

 

Jaime Otero-Zuazo