Una vez solidificado el edificio patrio y florecido su potencial de beneficio nacional agregado, entonces se podrá empezar la verdadera contienda política dentro y fuera de Bolivia; mientras tanto es una lucha entre el resurgimiento y el afianzamiento nacional, y la dependencia de una u otra potencia subregional o hemisférica, con el latente peligro de una implosión nacional, predicha- y parecería ser ‘esperada’- por politólogos simplistas y rancios políticos dentro y fuera de Bolivia.

  Antes de  la 2da Guerra Mundial, el hemisferio occidental careció de integraciones ‘subregionales’ bajo el predominio de ‘subpoderes’ y, más aún, del contagio renacentista del sueño de la Gran Colombia bolivariana hoy manifestado extemporáneamente por Venezuela.

  Los años de predominio ‘panamericanista’ de los Estados Unidos en el escenario hemisférico occidental (1890-1948) atestiguaron un liderazgo de esta nación basado en la llamada Doctrina Monroe (1823) de corte ‘exclusiónista’ de la Europa colonial. Durante este período, y a iniciativa y liderazgo hegemónico de Washington, la Unión Panamericana (UP) fue principalmente un depósito de información comercial y oficial de los países miembros, aunque dio inicio a comisiones, institutos y oficinas previas como el Instituto Indigenista Interamericano (1940), hoy organismos especializados de la entidad que reemplazó la UP: la Secretaría de la Organización de los Estados Americano (OEA.)

  A partir de mediados del siglo pasado, dada la importancia evidente de los recursos naturales estratégicos para la seguridad nacional, se conformó una nueva integración hemisférica, bajo el liderazgo de EEUU, hincada en el mejoramiento de las economías de la región bajo crecientes influjos de crédito e inversión, principalmente norteamericanos, dirigidos hacia la comercialización de los extensos recursos naturales de la región. La creación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) (1959) ilustra esta estrategia que se preserva hasta hoy, con algunas variantes de tono social-segmentario y económico- infraestructural. Para este entonces, la Doctrina Monroe de los EEUU había sufrido un zarandeo en su ortodoxia histórica tras la aparición de rasgos marxistas y  social-demócratas en las políticas económicas desde Méjico hasta la Argentina. Paralelamente, Bolivia inició su pololeo a la política estadounidense, en iniciativas fuera de proporción a su poder económico, pero consecuente con su potencial geopolítico e historia vanguardista. En 1952, el gobierno de Eisenhower no lograba ubicar la posición política del primer gobierno boliviano de Paz Estensoro si como fascista o como comunista. En 2006, tras la elección de Evo Morales en Bolivia, la discrepancia en la percepción de este gobierno vira entre un socialismo castrista o un nacionalismo indigenista.

  Para Bolivia, la provisión de minerales bélico-industriales a los EEUU, durante y después de la 2da Guerra Mundial, pasó a certificar un entendimiento bilateral comercial-minero, no sin poca ayuda del Barón del Estaño: Simón Patiño. Cualquier rompimiento o discontinuidad de estos arreglos originales han sido desde entonces vistos con sospecha por el gobierno de los EEUU. A pesar de los vaivenes bolivianos de su política económica, desde la nacionalización de las minas en 1952 hasta la ‘capitalización’ de las empresas públicas en 1985, las relaciones entre estos dos países obedecen a intereses comerciales, estratégicos y de seguridad, además del masivo influjo de capital bajo la Alianza para el Progreso de Kennedy hasta el presente, que no han dado resultados desarrollistas proporcionales, sobretodo porque se ignoró repetidamente el tema de la corrupción gubernamental y la distorsión social.

  La seguridad hemisférica inició su debut con la Doctrina Monroe, como política externa estadounidense, pero a partir de 1980 se incorporó como segunda avenida en el plan de la integración hemisférica, además de la integración económica, como un proceso militarista que incluye desde las acciones ‘antiinsurgentes’ en El Salvador y Colombia hasta la arquitectura bélica hemisférica a partir de la devolución de las bases estadounidenses en Panamá. El asunto del narcotráfico, como componente de la seguridad hemisférica, se convirtió en elemento vital de la seguridad interamericana, al igual que el terrorismo lo es a partir de los ataques de 2001 en EEUU. El círculo de seguridad del Plan Colombia, entre otros, se extendió hasta incluir a Bolivia, y es hoy primordial componente de las relaciones EEUU-Bolivia.

  Habiendo sido la meta hemisférica una integración sin polos ni dominaciones, bajo el implícito apadrinamiento de los EEUU, que refleje el empuje por el mejoramiento financiero de apoyo a un comercio de recursos naturales estratégicos, el impulso regional independista, autónomo y contrapuesto parece retar al ‘status quo’ hemisférico e iniciar una nueva era en la geopolítica del hemisferio. La pregunta es: ¿cuáles son las nuevas manifestaciones del balance de poder hemisférico, y cómo afectan a Bolivia? Aclaremos que el ‘status quo’ está lejos de romperse, y que el balance del poder no es entre potencias parejas como las europeas, sino entre una superpotencia y los llamados ‘Estados Desunidos de Latinoamérica.’ Por un lado gravita el sub-poderío regional de naciones como Méjico- en sí una extensión de la política externa estadounidense; por el otro están Brasil con su influencia amazónica-andina, y Venezuela dentro del círculo de seguridad colombiano-andino. Hoy por hoy, sólo la preeminencia brasileña se perfila como divisoria de la hegemonía exclusiva anteriormente ejercida por los EEUU. Brasil rompió, sobretodo con el gobierno de Lula da Silva, el precepto de que naciones disidentes de corte izquierdista sean necesariamente contrarias al desarrollo integral y la preservación de la democracia y la seguridad hemisféricas. Naciones como Bolivia quedan atrapadas entre las varias hegemonías manifiestas, por lo menos hasta que, como Chile, definan sus destinos nacionales y su propia justificación integracionista. Sólo los abruptos golpes económicos hemisféricos recuerdan a los latinoamericanos que ‘cuando EEUU estornuda, Latinoamérica sufre pulmonía’. El colapso económico hiperinflacionario en Bolivia fue el despertar a mejoras en la política monetaria, para las cuales, sin embargo, Bolivia no estaba preparada, menos en sobredosis de ‘shock’ económico.

  Resucitado el autor del “Príncipe” nos diría que lo que se evidencia, especialmente en Sud América, es la lucha del reajuste nacionalista frente a los ‘subpoderes’ autónomos de la región con obvias tendencias ‘subimperialistas’, en desafío a la hegemonía hemisférica histórica. El éxito geopolítico de Bolivia consiste en un juego calculado que en primera instancia afiance y sostenga su nacionalismo y soberanía; y en segundo plano mantenga su adhesión a los círculos autónomos regionales desde el Canadá hasta la Argentina, sin fijación dependiente o subyugada, pero en sociedades múltiples y contrapuestas a la renovación nacional de otros países. La creciente fuerza económica boliviana, basada en su riqueza y su transformación y aval social, además de su geopolítica, le darán el empuje asistencial a esta estrategia. Lo contrario sería verse obligada a subordinarse al ‘subimperialismo’ de turno. Debemos darnos cuenta de que Bolivia debe realizar un titánico esfuerzo para transformar la geopolítica regional a base de un trabajo incansable y disciplinado dentro de los círculos de poder regional. La geopolítica de hoy es adversa a Bolivia porque alberga un favoritismo a la periferia sudamericana en desmedro de la zona concéntrica donde se explotan los recursos y reservas naturales, y donde precisamente se ubica Bolivia. Para Bolivia, colocarse en la periferia y el centro compatiblemente significará una apertura de mega-corredores viales, tele-comunicativos y energéticos en hábil conformación a iniciativas multilaterales como la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana (IIRSA). Para Bolivia, la teoría de los ‘ejes’, en consecuencia maquiavélica, vuela por la ventana.

  Los factores  que constituyen el nacionalismo toman, entonces, una mayor importancia; lo mismo que su ausencia o desentendimiento juegan peligrosamente con la integridad y seguridad nacionales de esta pobre y rica nación. Toca a los bolivianos definir su futuro como nunca antes en su historia. Pocas veces se otorga a un pueblo esta oportunidad, y para Bolivia, tal vez sea la única. Levantar la población menguada a los niveles de modernismo competitivo en forma agregada y normativa se constituye en el arma atómica de la defensa nacional ante la región y el mundo. No se necesita de misiles de largo alcance sino de políticas agregadas de profunda consecuencia social y económica. Esta es la tercera avenida que debe reconocerse como componente nuevo y esencial de la integración hemisférica: la necesidad de asegurar el progreso socio-económico de todos los pueblos americanos. Una vez solidificado el edificio patrio y florecido su potencial de beneficio nacional agregado, entonces se podrá empezar la verdadera contienda política dentro y fuera de Bolivia; mientras tanto es una lucha entre el resurgimiento y el afianzamiento nacional, y la dependencia de una u otra potencia subregional o hemisférica, con el latente peligro de una implosión nacional, predicha- y parecería ser ‘esperada’- por politólogos simplistas y rancios políticos dentro y fuera de Bolivia. [ARRIBA]  

Jaime Otero-Zuazo