Pletórico de cultura y dignidad milenaria, concebido por la energía térrea en medio de la perversa explotación humana, plasmado digno y noble bajo los rayos del Sol andino y los preceptos éticos y morales de la comuna, surge el nuevo presidente indígena de Bolivia ante el mundo, en solemne purificación tiwanacota.

 

  Su pueblo esperanzado, mayoritariamente indígena, tiene todas sus ilusiones puestas en él. Y él tiene, en su pueblo, el apoyo más auténtico y sólido para acompañarlo en el resurgimiento y la refundación de la República Bolivariana del Qollasuyu.

  Vinieron de 50 países, desde los lugares más recónditos del planeta, a rendir homenaje a un pueblo rebelde e insurgente, que no permitió el yugo eterno, y que a pesar de haber sido brutalmente reprimido por siglos, ve su hora llegar sin haber claudicado en su lucha libertaria y sin haber perdido nunca el dominio moral y el espíritu ancestral.

  Después de tantos siglos se despierta el alma y el cuerpo del Pueblo del Sol y resurge la luz de esperanza que baña las altiplanicies, los valles y los llanos al estruendo grave de los implorantes pututus.

  Fuera de los visitantes indígenas (desde las Filipinas hasta las selvas amazónicas), los muchos visitantes del exterior que llegaron a Bolivia quedaron con la mente despejada del estereotipo de las películas de “cowboys e indios”- donde los indios rodean las carrozas para atacar con flechas, mientras los “cowboys” defienden a sus mujeres y a sus hijos de la “barbarie” usando rifles y sombreros blancos, hasta exterminar a todos los indios en una ruleta macabra que culmina, de esta manera, en un “fin feliz” de Hollywood.

  Otros invitados, que viven más cerca al “problema indígena”, como Méjico, se reprocharían al ver la prominente y abierta fuerza cultural boliviana: ¡esto podría pasar en mi país! Esta experiencia, por lo menos resultará en pesadillas de conciencia por varios meses, y hasta años, lo cual por cierto no fue la intención ni el deseo de la oficina de protocolo de la Cancillería boliviana, sino del pueblo mismo.

  Por otra parte, muchos otros, y de ellos quiero hablar, parecen haber descubierto un mundo nuevo, una Bolivia que no habían logrado encontrar antes a pesar de la premonición de que algo faltaba. Precisamente lo que impulsa a cientos de miles  de turistas a visitar Bolivia (al igual que el Tíbet, Bombay, e incluso Las Vegas), es el deseo de encontrar el mundo de fantasías que se lee en los libros  de historia, guías turísticas o versos epopéyicos como los de Tamayo o Diez de Medina (lo mismo que Salgari, Kipling, o Las Mil y Una Noches) . Pero ahora, desde Bolivia, esta magia añorada se transmite en vivo y en directo, en vía digital y satelital, a las casas de millones de tele-turistas que, con sus mochilas al lado, presencian un estupendo festival de ensueño convertido en realidad. Esta audiencia mundial se embriaga con el misticismo andino que produce sueños en ‘technicolor’ indígena.

  La originalidad  del pueblo indígena que somos, atrae como poderoso imán cultural a miles de miles de visitantes deseosos de absorber el embrujo andino y luego destilarlo por los poros, en plena comunión telúrica. Desde la entronización en Tiwanacu, hasta los festejos de la Plaza de los Héroes y el juramento de ministros, las imágenes que se transmitieron al mundo fueron para alegría y orgullo de Bolivia y beneficio de la humanidad. A Bolivia se puede ir ahora en la misma alfombra mágica que recorre la Arabia de los misterios, la Persia fundamental, el Egipto ancestral, o la China milenaria, y darse cuenta, en el caso de Bolivia, que toda esa fantasía de señales digitales  se está transformando en realidad contundente. Las bellas postales andinas que por años estimularon travesías a la madre tierra del Sol, se convierten en realidad tridimensional frente a los ojos del mundo.

  Si un pueblo enfermo, pobre y analfabeto, pero orgulloso, ha podido cautivar la admiración mundial, incluso de la audiencia apática de la televisión, ha sido porque los indígenas no perdieron nunca su cultura originaria y original; como dijo Galeano: “La más grande riqueza de Bolivia no son sus hidrocarburos, es su dignidad”. A pesar de los siglos de opresión, nunca antes se había visto un pueblo tan renuente a la injusticia y tan perseverante en su empeño libertario. El pueblo del Qollasuyo parece predestinado a ser el epicentro de impulso y energía para los pueblos indígenas del mundo. ¡Qué oportunidad más extraordinaria! ¡Qué privilegio histórico más grande el de poder definirse como nación del futuro en pleno siglo XXI! Otras naciones tuvieron que sucumbir a guerras civiles y hecatombes para liberarse y definirse. Hoy Bolivia, basada en su fortaleza cultural, al igual que la India de Gandhi, salta al mañana como líder e inspiración para 300 millones de indígenas alrededor del planeta. Todo esto nace y se hace en Bolivia con el corazón en la mano y la piel de bronce al sol. [ARRIBA]  

Jaime Otero-Zuazo