Hace un par de días se presentó en la ciudad de Washington el “gringo bueno” Jim Schultz, del Democracy Center en Cochabamba. La elección de Evo Morales Ayma despierta en el mundo una curiosidad por la tendencia” izquierdista” reciente de varias naciones latinoamericanas, pero también por el advenimiento del poder indígena en una nación eminentemente indígena. Bolivia, de esta forma, se constituye como nación simbólica de 300 millones de indígenas: desde el Asia hasta América.

  En la llamada Mott House, sede de grupos de activismo social en Washington, se reunieron, junto a Jim Schultz, otros panelistas invitados por la Washington Office on Latin America. Lo que quiero narrar no es precisamente lo que se conferenció, por demás educativo, sino la distorsión cultural que se reflejó entre los bolivianos que concurrieron a este evento. Para un observador extranjero, podría tratarse de tres naciones distintas. En la reunión se evidenció claramente tres culturas bolivianas ajenas a cualquier lazo de conexión propio: la cultura extranjera de corta ascendencia nacional, no necesariamente impregnada de la cultura hispana y menos de la indígena. Segundo, la cultura hegemónica actual de claro corte premodernista en lo cultural y propagandista en su expresión material. Tercero, la cultura indígena de creencias ortodoxas y aspiración hegemónica en Bolivia. Estas tres culturas bolivianas no parecían conjugar en un pensamiento en común de lo que es Bolivia en lo más básico.

Como consecuencia dedujimos el siguiente pensamiento: cada uno de los compatriotas eran menos en su aislamiento cultural por no poder ser más unidos en sentimientos o creencias nacionales. Ante el mundo, Bolivia es menos por no lograr ser más. Después de haberse congregado en Bolivia los representantes de más de 50 países y el liderato indígena desde las Filipinas hasta la Amazonía para presenciar el advenimiento del poder indígena en Bolivia, el mundo y sus indígenas esperan ansiosos las manifestaciones culturales bolivianas como las plantas esperan el sol. Pero preguntémonos: ¿qué significa este proceso de cambio y cómo se podrá consolidar?

A través de una visión cultural de Bolivia, vemos aspectos más trascendentales y significativos de la realidad nacional, porque no obstante la política se juega el futuro de la nación en términos humanos. Bolivia está en vías de desarrollo económico; pero, más importante aún, está en vías de definición nacional y cultural.

De ser una región precolombina en proceso de aculturación incaica, el territorio que hoy es Bolivia se convirtió en esclavo cultural y arma de explotación productiva del colonialismo medieval español. La república, en repudio a la dependencia colonial, emerge como una monocultura hispanoamericana premodernista que excluye y esclaviza la cultura indígena. Este monoculturismo se manifiesta a través de la hegemonía del poder, y el racismo y la discriminación oligárquica. Es recién en la Revolución de 1952 cuando el Estado asume la hegemonía multicultural del poder político, con la inclusión de los grupos culturales aimarás y quechuas, bajo un poder gubernamental paternalista que dictamina la esencia de lo que es ser boliviano, en términos casi estrictamente políticos, llamados “revolucionarios”. Sin embargo, como causa de la continua discriminación institucional y oligárquica del indigenismo, se posterga el advenimiento de la verdadera nación boliviana, que incluya en su seno a todas sus culturas y habitantes. Finalmente, la multicultura hegemónica del poder sucumbe ante el advenimiento de la cultura propagandista mundial, tanto mediática como política, que impulsa en Bolivia la degradación, decadencia, y alejamiento de la cultura hispana modernista, al igual que se embarca en el genocidio de las culturas indígenas. Es precisamente esta última amenaza la que genera la resistencia abierta, sobretodo por las madres indígenas, ante el asecho y la posible desintegración de la familia indígena, junto a sus valores y creencias, al igual que sus lenguas y símbolos materiales.

Entonces se pronuncian históricamente las mayorías indígenas, y se abre el camino a la reafirmación cultural por medio de las movilizaciones sociales, sostenidas en la fortaleza e increíble preservación de atributos indígenas culturales y sociales milenarios, donde resalta la fuerza de los lenguajes. Esta tarea histórica se facilitó más aún por el simple hecho de que el monoculturismo hegemónico del poder es generalmente temporal y débil, y solo puede sustentarse por la fuerza o la represión. También contribuyó en gran parte el entendimiento, por el movimiento indígena, de que el racismo y la discriminación social sólo pueden romperse a través del ejercicio de los mismos mecanismos de hegemonía del poder. Cabe mencionar que los movimientos sociales fueron una demostración masiva de unidad cultural, que es precisamente la base de la nación moderna.

De ahora en adelante, el advenimiento del poder indígena en Bolivia tiene dos caminos separados a seguir: primero, el uso de la hegemonía del poder de la cultura indígena-aymará-quechua en la imposición, sobre las culturas mestizas y étnicas, del dictamen, una vez más, de lo que se debe o no hacer para ser boliviano. Segundo, como alternativa, disponer del tejido social como artífice y fuente de expresión multicultural nacional, que logre engendrar una “cultura de culturas”, como primer paso a la consolidación nacional de la Republica Bolivariana del Qollasuyu. Claramente la segunda opción es la preferida.

Para que surja la multiculturidad socialmente expresada con todos sus atributos, valores y símbolos materiales, el Estado se ve en la posición de tener que forzar normativa y constitucionalmente la aceptación y práctica equitativa de todas las culturas nacionales sin excepción. Esto quiere decir que no se puede regionalizar o singularizar una cultura a costa de las otras: se debe integrar la cultura indígena a un plano de aceptación ecuánime total, destruyéndose el monoculturismo injusta e impracticablemente establecido. Por mucho tiempo se ha obstaculizado el proceso de multiculturalidad con el encono y el abuso que, usando la raza como pretexto, a impedido la asimilación cultural naturalmente social. Liberada de estos complejos, Bolivia permitirá la convivencia de culturas donde se excluya la raza como determinante cultural, convirtiéndose esta tara social en una grave violación no sólo de los derechos humanos, sino de las normas civilizadas de la nación.

De la “cultura de culturas” boliviana deben surgir los rumbos culturales en plena libertad social emancipadora, antes no existentes en Bolivia. Este nivel de sofisticación civilizada es primordial para enfrentar un mundo multicultural del cual podamos absorber todo lo bueno como complemento de nuestra dinámica cultura posmodernista, que se constituya en la máxima riqueza de la renaciente nación. Se nos acabarán los minerales, los hidrocarburos, pero no la cultura que producimos y exportamos al mundo entero, al amparo de una tierra fértil en belleza y naturaleza Así podremos ingresar no sólo a los mercados del mundo, discerniendo el elemento propagandista de lo cultural; sino que además estaremos equipados para ser miembros importantes e influyentes del consenso que construya el futuro planetario, siendo más sin ser menos, creciendo y anchando nuestros horizontes, dominando con cultura, exportando cultura, y estableciendo múltiples relaciones de cultura y de saber.

El resurgimiento de nuestra dimensión humana depende del grado de respeto, aceptación y cohabitación cultural y social, sin prejuicios impuestos por el poder hegemónico del Estado o por una sociedad atrasada y provincial, para lograr que todos  puedan ser más sin que nadie tenga que ser menos. Tenemos que saltar de la arrogancia a la humildad, de la intolerancia al respeto hacia los demás, del miedo a la confianza mutua, de los prejuicios a la creatividad conjunta, y del racismo y la discriminación a la igualdad y la oportunidad. [ARRIBA]  

Jaime Otero-Zuazo

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