Pierre Abelard: “Toda verdad, incluso la más alta, puede ser accesible a la prueba”.  

  Por una parte es esencial evadir las restricciones dogmáticas de la política y la economía contemporáneas que nos restringen: desde el materialismo dialéctico del comunismo, hasta el naciente materialismo dialéctico del capitalismo- que ya nos empieza a sofocar. Estas dos ramas dogmáticas del pensamiento son la causa de que la política y la economía hayan quedado rezagadas en relación al progreso práctico del hombre que avanza hacia su futuro. En muchas instancias de la historia reciente, las sociedades han encausado sus políticas hacia una filosofía práctica que remplaza el método deductivo del pensamiento por el inductivo del saber y la experiencia. Como ejemplo: luego de 70 años de tratar de imponer el dogma comunista, y de haber sacrificado millones de vidas en el proceso, el fracasado Estado Soviético colapsó ante el paso del hombre solidario.

  Por otra parte, debemos esquivar la rigidez del racionalismo científico, que ha permitido a la tecnología adelantarse, aceleradamente, no siempre para beneficio de la humanidad, como en el caso de la construcción de poderosas armas de guerra o la devastación del entorno natural. En esta instancia es importante diferenciar la ciencia teórica creativa del cientismo práctico o tecnológico. No obstante, dentro de esta especie de teoría de la relatividad del desarrollo humano, el hombre mismo empieza a expresar las ideologías que le darán mejor vida, resultantes de su experiencia propia y de la síntesis del conocimiento humano acumulado. Para conformar una filosofía práctica que se aplique a la sociedad del siglo XXI, necesitamos de una disciplina intelectual que logre entender la mejor forma de ubicar las aspiraciones humanas dentro del sistema de gobierno; para lograr esto, el hombre dispone de la herramienta de métodos inductivos, creativos, y originales como los que se observa, como ilustración, en todas las labores creativas de las artes y en el campo teórico de la ciencia. Los valores y los conceptos éticos de una sociedad, libremente expresados y compartidos, serán entonces la lumbre y el salvoconducto del camino hacia el desarrollo humano práctico, a pesar de los obstáculos doctrinarios.

  La política y la economía deben, entonces, ser reemplazadas por una versión renovada de sí mismas, que refleje con más lealtad el entendimiento de la dignidad humana como máxima riqueza nacional. El desarrollo humano así concebido ha tenido una historia que ha avanzado, y avanzará,  mucho más que cualquier Estado moderno, sin necesidad de golpes de Estado, invasiones, encarcelamientos, asesinatos ni torturas. Los Estados actuales se aferran a un código de intereses creados del que es difícil escapar, no importa cuán nobles las intenciones. Sólo cuando se da cabida al hombre creativo y original, que use metodologías inductivas en el proceso de desarrollo, se podrá liberar al Estado de su propia prisión doctrinaria. [ARRIBA] 

  Por otra parte, debemos esquivar la rigidez del racionalismo científico, que ha permitido a la tecnología adelantarse, aceleradamente, no siempre para beneficio de la humanidad, como en el caso de la construcción de poderosas armas de guerra o la devastación del entorno natural. En esta instancia es importante diferenciar la ciencia teórica creativa del cientismo práctico o tecnológico. No obstante, dentro de esta especie de teoría de la relatividad del desarrollo humano, el hombre mismo empieza a expresar las ideologías que le darán mejor vida, resultantes de su experiencia propia y de la síntesis del conocimiento humano acumulado. Para conformar una filosofía práctica que se aplique a la sociedad del siglo XXI, necesitamos de una disciplina intelectual que logre entender la mejor forma de ubicar las aspiraciones humanas dentro del sistema de gobierno; para lograr esto, el hombre dispone de la herramienta de métodos inductivos, creativos, y originales como los que se observa, como ilustración, en todas las labores creativas de las artes y en el campo teórico de la ciencia. Los valores y los conceptos éticos de una sociedad, libremente expresados y compartidos, serán entonces la lumbre y el salvoconducto del camino hacia el desarrollo humano práctico, a pesar de los obstáculos doctrinarios.

  La política y la economía deben, entonces, ser reemplazadas por una versión renovada de sí mismas, que refleje con más lealtad el entendimiento de la dignidad humana como máxima riqueza nacional. El desarrollo humano así concebido ha tenido una historia que ha avanzado, y avanzará,  mucho más que cualquier Estado moderno, sin necesidad de golpes de Estado, invasiones, encarcelamientos, asesinatos ni torturas. Los Estados actuales se aferran a un código de intereses creados del que es difícil escapar, no importa cuán nobles las intenciones. Sólo cuando se da cabida al hombre creativo y original, que use metodologías inductivas en el proceso de desarrollo, se podrá liberar al Estado de su propia prisión doctrinaria. [ARRIBA] 

Jaime Otero-Zuazo