En el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en Washington, el director ejecutivo por Bolivia, Paraguay y Uruguay, Jorge Crespo Velasco, auspició una conferencia del escritor boliviano Edmundo Paz Soldán. El Auditorio Cultural Iglesias del BID fue el escenario de una exposición intitulada: “In Evo Morales´ Bolivia”. La charla fue dada en inglés en un recinto donde 99% hablaban español. La idea, aparentemente, consistía en ilustrar la situación actual de Bolivia a la pequeña audiencia anglo-parlante. El título y la charla parecieron indicar que la “Bolivia de Evo Morales” no era precisamente la del conferenciante, o por lo menos no la entendía.

  Paz Soldán advirtió haber criticado algún día a Carlos Fuentes, otro escritor, por su afán de analista político de cualquier suceso en Méjico, como ser el tema Zapatista, y a Mario Vargas Llosa por el mismo empeño en figurar hasta en lo que no le compite. No obstante, sin respirar, Paz Soldán procedió a presentar su análisis político y económico, en términos más bien anecdóticos, sobre el MAS y Evo Morales.

  En Octubre de 2003, el entonces vicepresidente de Bolivia, Carlos Mesa habló en el Centro de Estudios Internacionales Estratégicos (CISS) en Washington sobre el tema exclusivo de Evo Morales. En ese entonces, ante una audiencia mayormente estadounidense, Mesa tildó a Morales de terrorista y antisistémico; y se burló del  “ama quella, ama suya y ama llulla” insinuando que fue inventado porque los mismos indios eran ladrones, mentirosos y asesinos. Un mes más tarde, como presidente accidental de Bolivia, Mesa trataba servicialmente de buscar el apoyo indígena y de Evo Morales a como de lugar. De esta manera una fila de oficiales de gobiernos anteriores han concentrado sus disertaciones en el tema de Evo Morales, asegurando que lo peor de y para Bolivia se apegaba a ese nombre, provocando nada más que bostezos en los gringos, muchos de los cuales conocen la verdadera Bolivia más que los conferenciantes.

  La charla de Paz Soldán parecía destemplar, poco a poco, cualquier noción de liderazgo y progreso en la Bolivia de Evo Morales. Empezó analizando la torta de Coca presentada en el Palacio Quemado, durante los recientes actos de posesión presidencial, donde Paz Soldán asistió como corresponsal. Algunas observaciones pasaron de tono a una especie de burla de la ineficacia y contradicción de las políticas del gobierno del MAS; y por supuesto, procedió con la proverbial mofa del vestir de Evo Morales, llegando a insinuar que tal vez no sea genuino representante de los indios bolivianos- algo así como un reciente artículo de Vargas Llosa que denegó a Evo Morales Ayma ser indio por su apellido. En fin, frente a los retos, el espíritu y anhelos profundos de los bolivianos hoy en día, la conferencia transparentó trivialidad y sarcasmo, con poca expresión válida para instruir en algo a los tres gringos concurrentes, que bostezaban como focas esperando emigrar a otro glaciar. Fue una clásica caricia paternalista de la “intelectualidad de izquierda Dom Pérignon” que frota la vanidad de los reductos oligárquicos, últimamente magullados por la elección de un indio que, como Paz Soldán achacó a su propio nido familiar, padecen de racismo crónico.

  Lo cierto es que el MAS y Evo Morales, impulsados por las movilizaciones sociales, nos presentan con la tercera oportunidad en la historia de Bolivia de institucionalizar el proceso de cambio de una política tradicional inservible a una política modernista necesaria para encarar los asuntos económicos y sociales de hoy y el futuro. Nos despertamos a la oportunidad única de efectuar un cambio institucionalizado, tras el plebiscito de 2005, donde el MAS ganó con 54.7% del voto nacional, a pesar de una depuración millonaria de votos indígenas.

  El orden político genérico en Bolivia solo existió hasta los años 1930 cuando se excluía al 85% de la población, incluyendo a las mujeres. Desde entonces, la llamada “gobernabilidad” solo tuvo dos oportunidades: la Revolución de 1952 y la restauración de la democracia representativa en 1982.

  La revolución de 1952, descuidó la institucionalización necesaria del cambio, sobretodo en lo referente a la inclusión y apertura a la mayoría indígena. A pesar de las reformas económicas instauradas, el gobierno tampoco pudo integrar completamente el movimiento obrero-sindical a la revolución, lo cual promovió caos político y movilizaciones que terminaron con la instauración de uno de los más clásicos ejemplos de pretorianismo en Latinoamérica. La funesta etapa de gobiernos militares, levemente impulsada por el pacto militar-campesino que fue traicionado por la dictadura de Bánzer, precipitó la “desinstitucionalización” de las FFAA, sobretodo en el gobierno de García Mesa.

  La segunda oportunidad de solidificación legítima del edificio político de la nación ocurrió en 1982, con el retorno de la democracia representativa con Siles Zuazo. Sin embargo, trágicamente se repitió el error político de 1952, esta vez resultando en un orden político “patrimonial-ventajoso”, donde hasta los partidos de izquierda se dedicaron al abandono de la patria y optaron por el cuidado de los bolsillos y las cuentas bancarias de la “cleptocracia” imperante. La culminación de este proceso fueron los gobiernos de Paz Zamora, Hugo Bánzer y Sánchez de Lozada, este último personificando lo pero de la política boliviana para la posteridad histórica. Una vez más, como siguiendo la tesis política tercermundista del caos y el orden, las movilizaciones sociales alzaron rumbo fuerte hasta destronar a dos gobiernos y precipitar la más significativa e histórica elección de la historia boliviana en diciembre de 2005. Cabe recalcar para la historia el hecho de que estos movimientos sociales en Bolivia tuvieron la misma fortaleza humana y moral de las grandes movilizaciones mundiales, como la de India de Gandhi, o la Sudáfrica de Mandela. El MAS no es un taxi-partido de antaño, y la Asamblea Constituyente no será una Asamblea Popular en pañales.

  Es importante que la lucha de civilizaciones andino-occidental se explique al mundo en términos de un orden político necesario para fundamentar naciones como Bolivia bajo una democracia participativa que impulse un desarrollo humano y nacional integrado. El anecdotario y el sensacionalismo de la prensa y los comentaristas livianos no hacen más que desvirtuar la lucha y el anhelo de los pueblos y su reivindicación. La bandera boliviana debe flamear al viento del entusiasmo y el amor a una pachamama que nos brinda todo y que merece compromiso de espíritu fuerte y altruista, y no acomodación circunstancial de acuerdo al salón social donde nos encontramos. Tenemos que elevar nuestro discurso a la altura de nuestros principios y sentar palabra como una nación de vanguardia, el mundo no espera menos de nosotros, especialmente los 300 millones de indígenas que pueblan el planeta desde las Filipinas hasta la Amazonia.

  Jaime Otero-Zuazo