Ya no hay vuelta atrás. Todo empezó con el grito airado de las mujeres bolivianas exigiendo justicia ante el despojo de nuestra humanidad por los gobiernos tradicionales; luego vino la imponente demanda constitucional indígena para una refundación republicana justa; y finalmente la multitudinaria movilización social pidiendo el auspicio de nuestros propios recursos en respuesta a la corrupción crónica y la falta de legitimidad gubernamental que atienda las necesidades de la mayoría nacional. Todos estos eventos históricos impulsaron la marcha por la soberanía nacional y la legitimidad política en Bolivia que fue acumulando empuje hasta destronar, de forma no-violenta, la injusticia, la opresión y la mentira.  

Tras el voto mayoritario de los bolivianos en 2005, se vislumbra un destino claro y acorde a nuestras esperanzas, acompañado del grito libertario que se desgarra de lo más profundo de nuestros seres, haciéndonos conscientes de que esta causa es la causa de la mayoría nacional sedienta de oportunidad, triunfo y progreso.  Lo que venimos forjando por décadas con nuestros brazos y nuestras vidas curtidas en la historia que nos tocó vivir es en esencia la tercera revolución boliviana, que la sentimos con la intensidad de nuestra propia existencia y nuestro intelecto sobrio. La entereza de nuestra lucha por la patria es incuestionable por cuanto proviene del más genuino deseo de bienestar para todos, sin exclusión ni desaires.  Las amenazas que surgen en nuestro camino, tratando de interrumpir la historia e interponerse al curso de la reivindicación nacional y el inicio de una república auténtica, no pueden sino ser repudiadas y rotundamente aplastadas por el peso moral de la nueva patria que germina airosa sin destrucción ni mutilación de la fragilidad humana. A la amenaza respondemos con el repudio patrio; a la intimidación con la mirada ardiente de siglos; al embrollo en cuajos con la verdad directa, altiva y tácita. No podemos ser menos porque tenemos que responder al futuro. No podemos flaquear porque nos tenemos uno al otro hasta el fin, seguros y firmes en el empeño de haber logrado la oportunidad de definir nuestro futuro y rehacer la ignominia disfrazada de institucionalidad.  La máscara cayó y reveló el engaño desnudo y horrendo de siglos. El mundo entero ya conoce nuestra trágica historia y la repudia. Las naciones ven nuestro rumbo con orgullo y esperanza. Y nosotros respondemos como mejor sabemos: con la fuerza de nuestra humanidad entregada a sedimentar una verdadera civilización. El ama sua, ama quella, ama llula, ama llunk’u será la base de nuestra constitucionalidad, nuestra sociedad y nuestra proyección al mundo. Los bolivianos estamos dispuestos a seguir el curso de nuestro destino sin temores ni titubeos, confiados en nuestra transparencia y dedicación. Tan sólo así podremos ganar el respeto y el derecho a demandar y criticar a futuros gobiernos, y no como los que hoy fácilmente se asignan este derecho sin fundamento moral ni ejemplo trazado, usando la única marca de su pasado siniestro: la manipulación y el fraude. La turba de ayer apuesta a la amnesia histórica en sus últimos suspiros de mala vida, que tan solo afecta a elementos de débil carácter.  La Asamblea Constituyente es el llamado de un pueblo unido y visionario a ejercer el derecho de escribir los renglones que nos transporten al futuro como nación viable. Para esto, las generaciones de hoy se alzan a la altura de la historia y emiten su veredicto: queremos una Bolivia mejor para nuestros hijos y nuestros nietos.  La Asamblea Constituyente nos dejará el legado de una nueva y mejor República bolivariana y una nueva Constitución para protección y sostén de nuestro futuro nacional. Esta será la piedra triangular en la reestructuración del Estado. Aferrémonos a este anhelo nacional que es el derecho de todo ciudadano para ver realizados sus sueños patrios y constitucionales en plenitud.  Mostremos a los pocos escépticos, que van quedando rezagados en el lodo de los vicios políticos de ayer, que se puede encontrar en lo más mínimo la esencia universal de la materia; que se puede arrancar la lacra del cuerpo político nacional dejándolo limpio, erguido y encaminado hacia el calor del sempiterno sol. Que juntos podremos imponernos al egoísmo, la intolerancia y el apetito personal que enceguecen y confunden en esta época tan crítica de nuestra historia. Que la marca más sólida de las mujeres y de los hombres que se llaman bolivianos es la capacidad de sacrificio en aras del futuro de nuestros niños y el cuidado de nuestros ancianos y discapacitados. Surjamos como ráfaga de viento propicio en vuelo a un cielo andino iluminado de cultura democrática. Respetémonos el uno al otro, sobretodo al más necesitado y al más olvidado de los seres, porque todos valemos. Como nos dice el Popol Vuh de los Mayas: veamos en el prójimo nuestro “otro yo”. Qué triste se evidencia la desesperación y el miedo de los verdugos del pasado al ser expuestos y enjuiciados. Qué poca nobleza se exhibe en el pataleo histérico de los que tienen que purgar culpa, claramente acostumbrados a la impunidad acompañada de la responsabilidad soslayada.  Este es el momento que nos impone la vida para demostrar nuestro temple, nuestra perseverancia y nuestra disciplina, y no la ocasión de sucumbir a las debilidades pasajeras del egoísmo humano. Confiemos en nosotros mismos y en nuestro destino; esta fortaleza nos llevará al buen fin. Seamos, por lo tanto, bolivianos y bolivianas de verdad. 

Jaime Otero-Zuazo