Hoy se siente cómo empieza a disiparse el llamado “lamento boliviano”: aquel por el cual los políticos tradicionales sometieron a cruel oprobio a un pueblo pobre, hambriento, enfermo y analfabeto, además de agachar las cabezas ante gobiernos y empresas extranjeras en indiferencia sumisa y conveniente. Por su parte, el pueblo indómito y mayoritariamente indígena, apenas tuvo la oportunidad histórica, optó por marchar altivo hasta derrumbar ese torpe status quo político. Aunque el camino recién empieza, y quedan muchos temas sociales por resolverse, ya no hay vuelta atrás a la realización del cambio que se avecina, sobretodo a partir de la refundación de la república en Diciembre de 2007, y tras la adopción de la nueva Constitución.

  El pueblo boliviano se encarga de salvarse a sí mismo, pero queda aún la labor de romper el yugo de la incomprensión y desconsideración internacionales. Y no es que tan solo se trate de explicar la retórica principista y la ideología socialista del gobierno boliviano frente al mundo, sino que queda por resolverse el legado de la sumisión lucrativa que está sellado en las relaciones externas de Bolivia.

  Por años, la agenda que Bolivia desarrolló con los centros de poder mundial fue una de unilateralidad, donde el comportamiento económico, político o financiero de Bolivia era premiado con asistencia financiera o comercial. Últimamente, se usó el anzuelo del libre comercio como Paititi a la genuflexión funcionaria boliviana. Las misiones que se llevan a cabo bajo este modelo sólo tendrán como resultado la confirmación de la unilateralidad de siempre, o un simple “vuélvase mañana”. Acordémonos que los negociadores internacionales sólo responden a la pregunta que hubiesen querido que se les pregunte, y no entienden cambios en las bases de negociación que no han sido cultural y políticamente absorbidas. Por esto, se requiere la definición de lo que significan los cambios que se dan en Bolivia en un contexto mundial.

  Un país con una superficie geográfica semejante a California y Tejas, y con tantos o más recursos naturales, no puede continuar negociando bajo apariencias irreales de una isla del Caribe. Bolivia tiene que definir su política exterior de acuerdo a su realidad revolucionaria actual, su importancia geopolítica y su potencial económico, imponiendo este criterio en una negociación pragmática  de temas que componen lo que se denomina “la nueva agenda bilateral” frente a éste u otro país. Sólo así se romperán las cadenas del desentendimiento de los intereses bolivianos en el mundo. Con valentía y un istinto de estadista lúcido, el presidente Evo Morales carga en sus hombros todo el peso de transmitir el nuevo mensaje que muchos sabemos es el correcto para Bolivia. No obstante, se requiere de una política enunciada bajo los canales de la diplomacia proactiva, la comunicación moderna, y una metodología eficaz, más que un discurso plenipotenciario. Es allí donde se tiene que partir de los tres pilares que explican las acciones que a diario se toman en Bolivia. Primero, la búsqueda de un desarrollo económico equitativo e inclusivo que tiene como meta la erradicación de la pobreza, el analfabetismo y las enfermedades infecciosas. Segundo, la resolución de la crisis social que tomará de 10 a 15 años en aclararse y en satisfacer las necesidades de la mayoría indígena. Y tercero, la promoción de la gobernabilidad democrática mayoritaria, participativa y transparente que empezará con la refundación de la república. Por esto se nacionalizan los hidrocarburos; se distribuyen las tierras improductivas; se investigan las fortunas mal habidas; se cuidan los bosques, las fronteras y la naturaleza, y mucho más.

  El obstáculo crucial a la efectividad de este enunciado es la falta de identidad cultural que las misiones bolivianas en el exterior muestran a diferentes niveles. Se tiene que empezar, entonces,  a democratizar estas instituciones ante las comunidades emigrantes, mayoritariamente indígenas y contribuyentes de más de mil millones de dólares en remesas al país por año. Pero, principalmente, se debe exportar, a través de estas misiones, la Cultura Bolivia. El mundo entero, fascinado con la representatividad del presidente de los bolivianos, no espera menos que constatar esa identidad cultural que permitirá a Bolivia expresarse mejor. El más grande impedimento en las negociaciones internacionales, es la falta de identidad cultural que se trasmite. Muchos funcionaros dan la impresión de hablar por sí mismos, sin peso ni respaldo de lo que históricamente sucede en Bolivia, faltando el entendimiento y la articulación de lo que es el Plan Boliviano y su vigencia en el mundo.

  La conformación geopolítica del hemisferio occidental responde a la dirección político-económica trazada por países como Costa Rica, Chile, Brasil, Argentina, Cuba, Colombia y Uruguay, además de la expectativa sobre los posicionamientos de  Bolivia, Méjico, Perú,  Ecuador y las naciones de Centro América y el Caribe.

  En la actualidad se destaca la dirección independista y estatista de naciones como Bolivia, que despiertan, al mismo tiempo, aguda crítica y apoyo de centros de poder mundial en Europa, Asia y, por supuesto, el hemisferio occidental. La genuina, transparente, e históricamente justa proyección de la política boliviana, con su emergente democracia participativa- nunca antes vista en este país andino- da campo de respiro al gobierno boliviano en su afán de promover justicia social por medio de un cambio en las ecuaciones políticas y económicas nacionales.

  En el caso de los EEUU, la ideología política boliviana y sus manifestaciones principistas toman segundo plano a las consecuencias- incluso percibidas- que las medidas políticas y económicas adoptadas por el gobierno boliviano tienen en el hemisferio y el mundo. El mensaje boliviano debe ser claro a los centros regionales (Brasil y Argentina), hemisféricos (EEUU y Méjico) y mundiales (Europa y Asia), y debe constituirse en lo que damos por llamar: el anhelo boliviano.

 Jaime Otero-Zuazo