Podemos alegar que no somos de aquellos que sumieron a Bolivia en la miseria y el atraso, hasta convertirla en la nación más atrasada de América (con la excepción de Haití). Podemos pretender que los niños de la calle no existen, al igual que los pueblos hambrientos, enfermos e ignorantes, tanto en Oriente como en Occidente. Que la corrupción la heredamos de Adán y Eva y que siempre nos acompañará. Podemos aceptar que en Bolivia reina la “hipercorrupción” y que la transparencia es vergonzosa e impráctica. 

Podemos creer que el discurso oligarca es nuevo, aunque sea astutamente alterado (a la usanza de antaño cuando se embobaba a siervos ciegos, recoge-migajas y adaptadillos). Podemos ocultar el deseo acérrimo de ver fracasada la democracia participativa y mayoritaria en Bolivia, porque esto significaría el fin de torpes privilegios amparados en leyes putrefactas y el triste hábito de la explotación y la prepotencia.  Podemos fomentar la estupidez de esbirros que, aún percatándose de su propia miseria, siguen fieles las patrañas de sus ídolos de barro, inspirados en temas inmorales como el racismo y la envidia. Podemos convencer a los tartufos y cortos de imaginación de que una educación justa es la que privilegia el repudio a la cultura mayoritaria, aspirando al concepto de que la educación tiene raza, religión y que se basa tan solo en una cultura comercial.  Podemos aseverar que la riqueza de una nación viene de afuera hacia adentro, que los recursos naturales están mejor en manos de otros, y que lo que es bueno para la oligarquía es bueno para el país. Podemos creer que los negocios se llevan a cabo con privilegios, coimas y amistades, y que luego podemos demandar el respeto a la cultura de la propiedad. Podemos exigir que se nos respete, aunque hayamos maltratado, torturado y asesinado a nuestra propia gente.  Podemos criticar el cambio revolucionario sin conocer los fundamentos de cada lucha social y las grandes injusticias que se cometieron con la mayoría indígena a lo largo de nuestra historia. Podemos despreciar la objetividad periodística e impulsar el mensaje parcial, facilitando la voz del opresor e insidioso por sobre la voz del pueblo.  Podemos creer que en Sucre se está simplemente modificando la constitución exclusivista de 1825, una más de tantas en nuestra historia republicana. Podemos pretender ignorar la voluntad del pueblo y tratar a los constituyentes sin respeto y degradándolos.  Pero lo que no podemos hacer es hundir a Bolivia de una vez por todas. No podemos despreciar lo que es nuestro fundamento cultural, alrededor del cual se levanta inevitablemente una civilización que nos identifica ante el mundo. No podemos ignorar la necesidad de aglutinar las fuerzas sociales para elevarnos como nación.  No podemos dejar de investigar las fortunas ilícitas, caiga quien caiga, limpiando el suelo patrio de la escoria, si queremos una patria justa que dé orgullo a nuestros hijos, y nos brinde el respeto de otras naciones. No podemos permitir que el lobo se vista de oveja y se incorpore a la lucha libertaria, exigiendo democracia e inclusión para sus perversiones, cuando siempre practicó con exclusividad la “cleptocracia” y el abuso de poder.  No podemos discursear al mundo “civilizado” pidiendo cordura y modales “decorosos” en desprecio de nuestra propia cultura, destinada a contribuir decisivamente al progreso humano mundial. No podemos dejar de ser un pueblo originario que impulse un futuro de justa humanidad por el camino de la ciencia y la tecnología creativas.  Hoy en día las cosas han cambiado y no podemos volver atrás. Bolivia dejaría de ser Bolivia, y se convertiría en tierra de nadie, totalmente avasallada por intereses ajenos o egoístas. Los movimientos sociales dieron a luz una nueva patria contundentemente comprometida al cambio milenario esperado por los bolivianos y por el mundo. Bien podría haberse producido una revolución crucial que destrone efectivamente el centenario orden oligárquico y lo sustituya con una nueva república de un solo plumazo. Sin embargo, en una muestra de madurez, inteligencia y nobleza ancestral, se optó por el proceso democrático. Los ladrones y déspotas de ayer, en su utilitaria ceguera de siempre, ven debilidad en este proceder y, en vez de contribuir al éxito de Bolivia, se oponen tercos a cualquier cambio que perjudique sus privilegios subrepticios.  No podemos medir con la misma regla histórica a la tercera revolución boliviana con la que evaluamos cualquier otro episodio de gobiernos alucinados. Más bien, debemos encausar todas nuestras energías a la conclusión exitosa del cambio revolucionario, narrado, escrito y certificado por el pueblo mismo. El impulso y la valentía de los movimientos sociales, hoy se perfilan como una transformación revolucionaria total de la sociedad boliviana bajo la maternidad de la Asamblea Constituyente. Los esbirros del pasado injusto y cruel, confiados en la sumisión de sus seguidores racistas e ignorantes, pretenden rehacer lo finiquitado y contundentemente despreciado, asumiendo liderazgos caducos, inspirando sentimientos falsos, y recreando el circo del pasado donde el objeto de burla fue siempre el pueblo. La Asamblea Constituyente es suficiente amenaza a la estabilidad y predominio de la corrupción, la injusticia, la desidia y la mentira. Pero aún queda la eterna opción revolucionaria de sagaz empeño y lucha.  Donde era fácil robar y abusar se presentan sólidos los obstáculos de la verdadera democracia, la competencia económica, y la solidez legal. Podemos jugar el juego a nuestra manera, con nuestros viejos trucos, pero ni el pueblo mayoritario ni sus descendientes lo permitirán. No podemos optar por destruir la patria tan sólo porque nuestro propio mundo de privilegios se desmorona. Lo que no podemos, en consecuencia, es sacrificar a Bolivia en el proceso de nuestro propio egoísmo.

 Jaime Otero-Zuazo