La Gran Marcha Nacional, es el camino que los ciudadanos de una nación recorren para encontrarse con su destino. Por hoy, los indígenas, hermanos mayores de la sociedad boliviana, nos muestran una y otra vez el camino al progreso humano, cuando marchan desde sus comunidades en pos de justicia. Cada vez que una comunidad indígena se encamina a los centros de poder para sentar palabra en el ámbito nacional, esta marcha complementa la Gran Marcha Nacional que es la básica y máxima expresión de la nacionalidad. Las marchas de las mujeres campesinas bolivianas, hace más de una década, para conseguir la atención y la justicia para con sus familias, nos mostraron el camino a la expresión no-violenta y efectiva contra el vilipendio histórico.   

La concentración mental nos guía a pensar sobriamente y con profundidad antes de actuar. En el caso de Bolivia, el pensamiento realmente nacional emana de la experiencia, el esfuerzo y el sacrificio de siglos. Bajo este paradigma, el pensamiento, así arraigado, nos impulsa– a todos los que compartimos su significado y escala nacional, y no solo provincial– a encaminarnos por las rutas de la reivindicación justa, con firmeza y determinación de espíritu. La hora ha llegado para la democracia participativa y mayoritaria en Bolivia, largamente rezagada por la sinrazón y el odio. Por fin, la justicia asoma su figura frágil pero impresionante y convincente. A estas alturas el hombre boliviano no titubea, ni teme la voz paternalista que antes le ofuscaba, dentro y fuera de Bolivia. Llega firme la hora de la liberación, y se manifiesta con solidez en el carácter incansable del indígena, que ve nacer en sí una disciplina física y moral que no admite la sumisión ante la injusticia y el abuso de lo que equivocadamente se constituyó en 1825. 

Al inicio de una marcha de estas características auténticas, se siente angustia corporal y miedo a la intemperie, pero rápidamente sobrelleva la convicción de estar preparando el camino para una posteridad justa. Los paladines de la marcha apuntan el camino a futuras generaciones y les encomiendan la gran tarea de empezar cuantas marchas sean necesarias hasta cumplir el compromiso con el destino nacional.

La Gran Marcha Nacional se dirige firme hacia delante, convencida y reforzada por numerosos esfuerzos anteriores. No mira a los abismos de la política radical de la derecha o de la izquierda. Tampoco ve atrás, al desentendimiento del proceso nacional, que pretende perpetuar la tribu usurpadora, el embrutecimiento complaciente, y el abuso letárgico.

 Si se entiende que la Gran Marcha Nacional en Bolivia no empieza cada vez que lo anuncian los medios, sino que es una marcha que ya trae huella de casi dos siglos; que lo boliviano no es tan solo la montaña, o los valles o los llanos, sino el país entero; que lo indígena no es tan solo la raza física, sino la cultura nacional resurgente, entonces los argumentos políticos deberán diluirse en el líquido cristalino del espíritu nacional. Para lograr esto, debemos trascender nuestros propios egoísmos y complejos, y permitir el imperio de la justicia, la razón y el saber, dejando atrás los prejuicios que tanto daño nos han hecho. En los discursos políticos se esconden fácilmente el racismo y el odio. Librémonos de esta retórica asfixiante y abrasemos nuestro traslúcido destino nacional. Fusionémonos a la causa indígena para así limpiar la mancha histórica que nos impide marchar como nación progresista y moderna. Acordémonos que la causa indígena es una de reivindicación y de reparación de las libertades y oportunidades hasta ahora negadas a la mayoría de la población; y  que la causa indígena significa, además, la ampliación del saber y la capacidad de hacer de Bolivia una cuna de talentos y oportunidades sin preferencias. Pero también empecemos a abrazar la causa de todos los discriminados, entre los que se encuentran también la mayoría de los mestizos pobres. El oportuno y descuidado Gran Abrazo Indio-mestizo, bajo la tolerante mirada de la cultura materna nacional, sin intromisiones políticas doctrinarias, intereses sectarios, y complejos sociales, nos permitirá continuar la Gran Marcha Nacional hacia el triunfo nacional.

Después de cavilar y parlamentar sobre la decisión de marchar, la comunidad despide a los bravos que van rumbo al mundo nacional donde saben que ya no están solos; y que hoy, más que nunca, se evidencia el surgimiento del verdadero nacionalismo, ausente en la Bolivia de 1825 y 1952. La Gran Marcha Nacional no es tan solo un sentimiento fugaz, es más bien la causa ungida de sangre y el esfuerzo de muchos otros actos de humanización y liberación de nuestra valerosa lucha social.

Ahora bien: ¿por qué se imponen los anacronismos y las antipatías entre los ciudadanos de esta acribillada nación? ¿Por qué surgen los motivos provinciales que imperan impávidos e incongruentes como si se tratara de una pelea de gallos sin posibilidad de triunfo? Un historiador del futuro nos respondería sintéticamente: es por el egoísmo y  la ignorancia. El egoísmo de acaparar las migajas del presente, en vez de compartir la abundancia del futuro; y la ignorancia de confundir la política con la vida.

No queda otro recurso más justo que iniciar una Gran Marcha Nacional donde los indígenas, mestizos y las minorías étnicas se dirijan con firmeza a culminar la liberación, emancipación y reivindicación de los injustamente explotados. Ya no se puede permitir los grandes sacrificios de mujeres, niños y ancianos pobres que se desgarran la piel en su afán de justicia: su marcha desde ahora debe ser sobre los hombros de la sociedad solidaria. Solo cuando se resuelva esta injusticia histórica, se podrá realizar la nación que todos deseamos. Mientras tanto existirá la desconfianza dostercista, la intolerancia institucional, la oposición a la reestructuración y re-configuración del Estado, la falta de legitimidad de las ramas del poder, la profusión del racismo, y la impunidad de la corrupción.

No queda otro recurso más justo que iniciar una Gran Marcha Nacional donde los indígenas, mestizos y las minorías étnicas se dirijan con firmeza a culminar la liberación, emancipación y reivindicación de los injustamente explotados. Ya no se puede permitir los grandes sacrificios de mujeres, niños y ancianos pobres que se desgarran la piel en su afán de justicia: su marcha desde ahora debe ser sobre los hombros de la sociedad solidaria. Solo cuando se resuelva esta injusticia histórica, se podrá realizar la nación que todos deseamos. Mientras tanto existirá la desconfianza dostercista, la intolerancia institucional, la oposición a la reestructuración y re-configuración del Estado, la falta de legitimidad de las ramas del poder, la profusión del racismo, y la impunidad de la corrupción.

Debe quedar claro, no obstante, que el liderato de esta Gran Marcha Nacional no podrá estar en manos de los políticos doctrinarios y cleptócratas de ayer, ni el interés usurpador de siempre.  El camino tendrá que ser señalado por los hermanos indígenas, y apoyado por la conciencia nacional unida en justa y soberana demanda, para beneficio de nuestros nietos y de sus propios.   

Jaime Otero-Zuazo