Las voces se escuchan claras, símiles, casi duplicadas.  Parecería ser que salen de la boca del diablo: de un diablo racista, egoísta, temeroso y prepotente.  Pero el diablo no sólo habla, también planea siniestramente, dividiendo el uno contra el otro, plantando la manzana de la discordia entre los más desesperados, dependientes y desinformados.  En ellos deposita el diablo su confianza para desencadenar el caos y la violencia en pos de provocación, esperando que algo malo surja: un herido, una muerte, algo que enfatice y disfrace el ardid de rencores y confrontación, y que excite a las turbas de choque, drogadas de odio y alcohol.

Pero todo esto requiere un conocimiento de sabotaje político, de manipulación mediática, de coordinación, y- sobre todo- los fondos necesarios para efectuar tal operación a nivel nacional.  De aquí surge , en Bolivia, la Operación Media Luna, que ya no representa una región o un conjunto de regiones, sino un plan de control preeminente, creado para perpetuar el modelo cleptócrata-oligarca, el continuismo del usufructo ilegal, y la explotación del débil. Ante los cambios constitucionales venideros, los discípulos del diablo se estremecen y dan diente con diente ante un futuro en traje a rayas, sin la posibilidad de seguir la compra de influencias, como en sus mejores años de robo y orgía.  Por eso desprecian lo nuevo, lo limpio, y sobre todo lo indígena.  La desesperación y la aprensión a perder los privilegios inicuos, se agrava cuando la verdad se perfila convincente y acompañada de causas justas tal como el cuidado a la salud, la erradicación de la pobreza y el alfabetismo, y el arribo del Estado incólume, mayoritario y participativo. 

¿Podemos entender lo que es en verdad Bolivia, y lo que se quiere que llegue a ser?  Es que no debemos siquiera pensarlo: porque no nos toca a nosotros hacerlo como individuos asiduos a conveniencias, complacencias y antojos propios- o, lo que es peor, flaqueando y sometiéndonos a la presión del más agresivo y poderoso en nuestro limitado y provincial entorno. La verdad es que tenemos que aspirar a más: a ser consecuentes con una nación justa, progresista  e independiente.  Cuando oímos repetir los estribillos de uno u otro bando político que se pronuncian absurdamente análogos e impositivos, no deberíamos sino agachar la cabeza en signo de compungida y profunda vergüenza, y luego elevar la vista hacia una inspiración más humana, más cabal y más invariable con el contenido histórico de nuestra siempre actual cultura nacional. Por sobre la podredumbre de antaño, surge brillante la espada de la verdad, desenvainada con firmeza, y elevada al cielo claro, brillando dorada con el sol milenario.

Lo cierto es que parte de Bolivia parece hundirse en la ignorancia y la falta de claridad visionaria; y esto parece agobiarle y frustrarle de sobremanera.  ¿Cómo, sino, se puede explicar que en tales tiempos de cambio histórico, donde se ilumina el camino de oro hacia el futuro, y donde Bolivia se perfila poseedora de una identidad cultural profunda, se pueda valorar  tan solo lo trivial e inconsecuente, y emitir constantes quejas como niños en llanto? Esta es, más bien,  la hora de remangarse la camisa y poner manos a la obra.

Los más susceptibles a caer en la vorágine de la inseguridad y el pánico, son aquellos que lograron lo que poseen por accidentes intencionados, y que no piensan poder preservarlo si las reglas del juego cambian.  Es el pavor a iniciarse en un  mundo renovado con salvoconductos constitucionales que garantizan equidad a la gran mayoría antes marginada.  El ritmo y latir de la nació ya no van al compás del privilegio. 

El temor al cambio es el temor a uno mismo. El sentimiento de odio convive con el sentimiento de incapacidad a enfrentar lo multitudinariamente nuevo, cuando antes se podía contar con lo minúsculamente tradicional y seguro, aunque injusto y criminal. Este resentimiento febril nos hace testigos de la más enfermiza dolencia del espíritu del hombre: el racismo.  Porque podemos enmarañar el diálogo político nacional con todo tipo de diferencias, pero no podemos nunca acomodar al racismo, la intolerancia, la violencia, la injusticia y la mentira en ningún rincón del territorio patrio.

Es absurdo ser racista  e injusto contra el indio y su cultura, cuando se vive en país milenario.  Es inconsecuente ser discriminador contra las minorías, cuando se aspira a un futuro progresista y humanista. Es inútil ser intolerante y violento, porque así se engendra la polarización y se ahuyenta la paz social cada vez más.  Y es, sobre todo, inadmisible el esfuerzo de algunos de tergiversar la verdad de todo lo que acontece en el país, buscando como único fin la desestabilización, el fraude y la exclusión.

Mientras los políticos se desmenuzan entre lo que es la izquierda o la derecha, se olvidan que el camino al progreso humano va de frente.  La labor de los políticos bolivianos debe ser la de alcanzar al pueblo que ha marchado a pié firme dejando rezagados a los doctrinarios.  En este camino, nunca debemos olvidar a nuestro hermano: al más pobre, al más necesitado, al más enfermo y al más débil. Debemos cargar con todos y desproveer a nadie, si queremos respetar nuestra herencia cultural y humana. Recién entonces estarán completas las filas de esta Gran Marcha Nacional en la que nos hemos encausado para encontrarnos con nuestro propio destino.

Es inevitable que la marea del progreso viene muy alta hacia la orilla, porque esperó mucho tiempo en la opresión.  Pero aún así se mostró sobreviviente y competente, dentro de inhumanas restricciones.

Que el saludo de los bolivianos sea como el de los mayas al encontrarse uno frente al otro: ¡tú eres mi otro yo!

 Jaime Otero-Zuazo